EL ARTE DE LA EMOCIÓN

La sustancia última del toreo – y cuando digo “toreo” me refiero al que se ha ido desarrollando a partir de la divisoria radical que encarna Juan Belmonte– es la emoción. A través de sus formas y actitudes, el toreo está ahí para acercarnos su origen espiritual; esto es: para revelarnos los sentimientos que alimentan la obra del torero y que, a su través, consiguen que los espectadores hayan llegado a contemplar la lidia más aún con su sentir que con los propios ojos.

Para llevarse a cabo, el toreo toma como punto de partida elementos espaciales –las figuras del toro y el torero– y el pulso temporal donde las acciones se desarrollan. Así pues, el toreo debe encuadrarse entre las artes espacio-temporales. El espacio pone el medio donde coexisten toro y torero y se desarrolla la acción, y el tiempo, como una música insonora, nos ofrece el diapasón de la armonía en que el toreo sitúa su efímero existir.

La articulación estructural de ese espacio-tiempo es la que pretende lograr la emoción deseada; emoción que puede presentarse bajo dos formas básicas: la emoción estética y la emoción del peligro; aunque, difícilmente se manifestará de forma aislada en una de ellas, sino como combinación de ambas en un porcentaje variable que dependerá de las características y el concepto torero con que el hombre de luces ilumine su alma y también, cómo no, de la condición del toro que éste tenga enfrente. Hago notar la omisión que he hecho de la técnica. De Perogrullo es afirmar que sin técnica no es posible el toreo, pero no lo es menos que, distinguiendo entre lo que el arte del toreo está llamado a expresar y los medios empleados para tal expresión, el arte empieza cuando acaba la técnica; esto es: la técnica no es más que un andamiaje para que sobre él se levante sólido, magnífico, el arte de torear.

Sin embargo, la técnica, considerada junto a la pureza como una unidad dialéctica de contrarios, puede influir para que el toreo se aparte de esa emoción a la que debería encaminarse. Eso ocurre actualmente cuando, figuras del toreo como Manzanares, Talavante, El Juli o Perera, mienten la ligazón del toreo refugiándose en ese amaneramiento del “toreo escondido”: forma de denominar al que se practica girando en demasía –más de 180º– la pierna de salida entre pase y pase, y que, como todo lo fácil por ventajista, tanto ha prendido entre las coletas de alternativa y, lo que es peor, entre los chavales que acceden al toreo desde las categorías inferiores, pues no hemos de olvidar el importante papel que la emulación juega en este mundo complejo, mágico y extraordinario que conocemos por Tauromaquia.

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