LA BRAVURA, EN CLARO

La bravura es el valor del toro. Un valor que se crece al castigo, se manifiesta con prontitud, sin la menor reserva, se enciende con celo al reto del cite, con casta, y se entrega con fijeza a la embestida, lo que se traduce en nobleza, hasta el final de la suerte. Por eso, la bravura es noble y la mansedumbre –ojo, la mansedumbre del toro de lidia- es resabiada. De ahí, un corolario incontestable: la casta es la agresividad ofensiva de la bravura, y el genio, la agresividad defensiva de la mansedumbre. Esta evidente afirmación no la comparte hoy una gran mayoría de aficionados. Porque la agresividad defensiva del manso les provoca mayor emoción que la agresividad ofensiva del bravo. Y aplauden la falta de fijeza, el toro que espera y desparrama la vista en el cite, el arreón, la embestida trocada en derrote, la incertidumbre producida por el toro indeciso, a quien el buen aficionado llama incierto. La cobardía es a la mansedumbre lo que el valor a la bravura.
¿Hay alguna razón que explique tal anomalía? Por lo menos dos. Primera: el toro bravo se emplea más en el tercio de varas y, por consiguiente, se templa con más nobleza en los engaños, mientras que el manso se conserva más arisco durante el resto de la lidia por su falta de entrega. Segunda: el torero actual torea al toro bravo con la misma ventaja bien compuesta que al toro manso. He ahí por qué a muchos aficionados les aburre con uno y hasta les resulta meritorio –probablemente lo sea- y emocionante con el otro.
Pero al buen aficionado le irrita tanto desdén con la bravura y le fatiga esa antología de aplaudida mansedumbre que nos suelen deparar las llamadas corridas toristas.

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