EL TOREO ASEGURA SU SUPERVIVENCIA

De mandarina y oro iba el torero. De temple y de prodigio, la verónica. El toreo convertido en una suerte de conjuro capaz de hipnotizar la violencia hasta dejarla transformada en plácida armonía. El toreo metiéndose en las entrañas mismas del tiempo para dilatarle los tejidos, las células, los átomos hasta hacerlo fluir con la perezosa dulzura de la miel. El toreo mecido en la cintura al ritmo de la inmortalidad por unas muñecas de brisa y sentimiento perfumadas de magia y de misterio. ¡Que haya todavía quien sostenga que el toreo no es un arte!…
Tal encantamiento tuvo lugar en la plaza de Valencia, el pasado día de San José, en el sexto toro de la tarde, “Marquesito” de nombre, herrado con el pial de Domingo Hernández y el 100 en el costillar, cuatro años y cinco hierbas en la boca, 536 kilos de peso, negro de capa y noble de condición. El artífice de tal taumaturgia fue un mago con la inmensa libertad de la marisma cobijada en el alma y un misterio pegándole mordiscos en el pecho en su afán por salir al exterior. Su nombre: José Antonio. Su apodo: Morante de la Puebla. Y es el depositario actual del más profundo, sentido y fabuloso toreo de Arte.
¡Qué forma de torear! ¡Qué manera de interpretar la suerte fundamental del toreo de capa! ¡Qué capacidad para ensimismarse, para soñarse, para liberarse del mundo real y transportarnos a ese espacio oculto donde el tiempo puede detenerse y el milagro hacerse cotidiano!
Cuando se torea como Morante a “Marquesito”, el toreo se adentra en el reino de Fantasía, donde existen las hadas, las calabazas pueden convertirse en carrozas y las casitas ser de chocolate, porque todo es posible. Transportado a esa dimensión mágica, el toreo tiene asegurada su supervivencia porque se nos mete en los sueños, en la ilusión, en el niño que llevamos dentro y, para acabar con él, habría que destruir también ese ser que, además de vivir luchando con el entorno día a día, es capaz de soñar, de imaginar, de amar la aventura aunque no sea ningún aventurero, porque continúa estando habitado por el niño que fue y porque jamás dejará de estar enamorado de la belleza. Y belleza, magia y aventura fue lo que dejó sembrado Morante en el aire estremecido de la plaza de Valencia, en el sexto toro de la tarde, el pasado día de San José.

moranteNetBfoto Bruno Lasnier

Comments are closed