LA DELICADA ROSA DEL MILAGRO

Nueva temporada. Las higueras comienzan a vestir de verde hoja la inverniza desnudez de sus ramas. El silencio de las carteleras se alumbra con brotes de carteles nuevos que engrudan las esquinas de Olivenza o Valencia. Se cargan de rosas con albero los esportones de los mozos de espada. Claridades de oro cabrillean por las lentejuelas de la espera en los trajes de luces. Se afilan los aceros. La cal de la esperanza deslumbra la belleza de las plazas de toros y solea la quimera de los aficionados. Engrasan sus cerrojos portones de cuadrillas y chiqueros. Se afinan ilusiones e instrumentos de música. El pasodoble asciende como un himno feliz y renovado por el alma de la taurofilia. Muda el campo bravo el pelo del invierno, y se inunda de verdes embestidas el astifino instinto de los toros de saca. Todo parece, un año más, dispuesto para el inicio del ciclo estacional de un rito centenario: la lucha a muerte y arte entre un hombre de luz y un toro bravo. El misterio de la Tauromaquia, la conjugación de belleza y tragedia, la deslumbrante magia del toreo, de nuevo en la parrilla de salida.

Y salta el novillo prologal por tierras extremeñas. Olivenza se viste de novedad y oro. Un chiquillo del pueblo, con dieciséis añitos, hace su debut con picadores. Los paisanos se llevan a la plaza sus buenas intenciones junto con los calibres y las lupas, que no es sólo asunto de arropar, sino de aquilatar, examinar, medir la mariposa artística que late bajo el transparente vestido de alamares. Y surge la sorpresa. La delicada rosa del milagro inunda de fragancia los tendidos, el callejón, la arena, la memoria de los aficionados y el latido del sentimiento artístico que ventila ilusiones y pone a galopar las esperanzas. Lo que empieza en susto a portagayola, continúa con el terso pétalo del capote ligando a la verónica hasta ocho lances clausurados con media y revolera. Detrás del puyazo de su padre, aletea firme la chicuelina y el tiempo que se enrosca curvado y milimétrico en una media verónica con cartas de futuro. La expectación abre redondos ojos cuando se va al centro matemático del ruedo a dictar su lección de estatuarios. Serenidad y relajo en sus maneras, quietud de zapatillas, introversión, seriedad, cuajo, muestra de la verdad de su pureza. Llega la hora del toreo en redondo, de templar, de ligar, de llevar a la práctica lo que en los sueños gime. Y ocurre, llena, convence e ilusiona. Uno le pone freno al entusiasmo. No puede ser. Y es. El contraste de la genialidad nos hiere en lo profundo: mano baja y temple alto; valor de hielo y toreo de fuego; firmeza de roca en su apostura y caricia de brisa flotando por su arte. Lo fugitivo y lo que permanece. Heráclito y Parménides. Todo el antagonismo que convierte la vida en la superación de los destinos refulge en su manera de sentir y de hacernos soñar. José Tomás se me pasa volando por la mente. Otra vez los asientos que se hacen inservibles: todo el mundo de pie. Y el toreo repicando campanas, brincando cordilleras. Por epílogo, bernadinas de ajuste cristalino y enrazado remate. Estoconazo a ley. “Rebujino” que da con su castaño cuerpo en tierra. Pañuelos jubilosos. Dos orejas y mucho más que eso… la ilusión de futuro que navega en el viento y cruza los espacios de móviles y empresas.

Sale la negrura del sexto. La larga cambiada de rodillas traza las coordenadas de un nuevo capítulo de amor. Diez verónicas, diez, con el punto y seguido de la media, ponen a hervir los oles. Tan alto está el listón de su primer novillo, que la lidia de éste se me antoja una premonición de lo que habrá de ser su andar en el futuro, porque después del regusto a milagro que ha dejado su rosa del debut, el milagro será su compañero y el rival a vencer, la flor de su divisa. Es el pecho quien cita por la izquierda y al segundo pasar, el novillo que lo prende encunándolo. No se inmuta, pero con la celeridad del decidido, cambia el toreo de mano, quiebra el mimbreño sol de su cintura y se da a componer sus versos en redondo. Toreo en la cabeza y en el corazón. No hay nubes en su montera, pero un poema profundo la quema en las entrañas. El novillo tiene sus claves que tocar y sus dificultades para el lucimiento. Exámenes técnicos para que el neófito convenza a la parroquia. Las pruebas llegan tarde porque hace tiempo que lupas y calibres andan rotos pisados por los suelos. Y nadie se equivoca. La paciencia del tiempo parece encontrar base en lo que está ocurriendo. Por si alguien no se entera, torna a la mano izquierda. El novillo repone, está dificultoso y se vuelve en las manos, pero es la voluntad del torero quien obliga a ir al toro más allá de su casta. Estocada hasta el puño. De nuevo, dos orejas. Justas. Bien ganadas. Pero si quieren mi verdad, como si no le hubiesen dado ninguna de las cuatro. Lo que hizo este chiquillo –este torero– de dieciséis años en la mañana del domingo 9 de marzo en la coqueta plaza de Olivenza está muy más allá de números y premios, pues ha arrancado lágrimas de esperanza a la mujer más guapa y más sufrida de que tengo memoria: ¡La Fiesta de los toros!

Y no se olviden de su nombre. Se anuncia GINÉS MARÍN, todo con mayúsculas. Y salió de verde premio y oro, pues aunque el vestido era verde botella no lo había comprado, sino que lo había ganado en buena lid como triunfador de los certámenes de novilladas sin caballos en Extremadura y Andalucía. Sólo hace falta que la diosa fortuna le ponga la mano encima para que no se extravíe de su camino y los toros y la vida lo respeten. Su suerte será buena para todos porque a lo mejor es el que estamos esperando.

fotos Bruno Lasnier. Dax Agosto 2013

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