EL MISTERIO DE JOSÉ TOMÁS

José Tomás ha sabido siempre instalarse en el misterio. Fuera de la plaza, habitando el nebuloso mundo del silencio, y dentro del ruedo, situándose perennemente en el asombro y la emoción de lo extraordinario. Conjugando ambos factores: el mutismo del hombre en la calle y la prodigiosa elocuencia del torero en la plaza, el diestro de Galapagar se ha convertido, sin duda, en el espada más enigmático de toda la historia de Tauro.
Sin embargo, cuando las circunstancias actuales han obligado a las figuras a promover una información que los medios de (in)comunicación niegan a la Fiesta si no es para denigrarla; cuando las primeras cartelerías de enjundia pasan de los despachos al dominio público sin que el nombre de La Estatua figure en parte alguna; cuando del campo bravo nos llegan noticias de los toros que mata, de las vacas que torea y de su continuado entrenamiento; cuando de la certeza nos viene el único cartel en que está anunciado –el del 3 de mayo en Juriquilla, mano a mano con su compadre Fernando Ochoa, que ese día se corta la coleta–, y de la rumorología taurina se filtra que tiene cierto número de corridas reseñadas en el campo con vistas a posibles actuaciones, el silencio tomista se antoja a muchos demasiado espeso e inconveniente.
Esto último es lo que parece molestar a algunos periodistas, que parten de un supuesto endiosamiento del torero y lo acusan de falta de consideración con la Fiesta y con sus propios seguidores. No comparto este punto de vista. Es más: no he visto nunca un torero tan respetuoso con el rito y la liturgia del toreo ni tan comprometido con su condición de máxima figura. La libertad con que se conduce en el difícil manejo del silencio es fruto de su conquista ante los toros, de la situación privilegiada que ha sido capaz de conseguir, nunca de la displicencia o el menosprecio al toreo o a la afición.
En su última campaña, no reveló sus planes hasta mediado mayo. Ahora, puede que haga lo mismo. Es posible que, a estas alturas, ni tenga decidido qué hacer. No olvidemos que es un torero arrancado de la muerte por el valor y la ciencia de un ángel custodio metido a cirujano. El hecho de llevar una UVI móvil cuando va a matar toros en el campo, de exigir por contrato que haya en la enfermería de la plaza litros de la sangre adecuada, su médico personal, etc., ponen de manifiesto el riesgo añadido que le conllevaría un nuevo percance. Conjugar dicho riesgo con su insobornable sentido de la responsabilidad no es tarea fácil. Estar a la altura de la apoteosis de Nimes, tampoco. Tal vez, ahí estén las claves de su demora en pronunciarse.

fotos Bruno Lasnier

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