HA MUERTO JOSE CHAFICK

La vaca más brava que he visto en mi vida –sí, por qué no, aunque hubo algunas que tal vez la igualaron- fue en “La Gloria”, el rancho de Chafick en Tequisquiapan (México). Era de encaste “Coquilla”, berrendita y muy bien hecha. Tomó seis puyazos, de lejos y recargando: al tercero estaba vista, pero daba gusto verla embestir al caballo. El matador Carlos Rondero le hizo tres largas y excelentes faenas. Y Chafick disfrutó de lo lindo: todo era tan perfecto que no habló durante toda su tienta, cosa rara, porque siempre hablaba, no mucho, sólo al lidiador y con las palabras exactas, las de un auténtico conocedor del toreo, condición imprescindible para saber de toros.

Saber de toros, lo que se dice saber de toros, yo he conocido a muy pocos: algunos matadores, tres o cuatro banderilleros, un par de ganaderos… y José Chafik. Más que criar toros, los creaba. Por dentro y por fuera. Y sin que le cupiera un tipo de toro en la cabeza, sino varios. Sabía que en el toreo como en la bravura no hay verdad, sino verdades. Aunque no me gustaba lo limpitos que tenía sus ranchos, parecían jardines, ni los cerrados tan chicos donde vivían sus toros de saca, la verdad es que los resultados en el ruedo ridiculizan cualquier observación de este tipo.

De Chafick, que era libanés de raza, hablaban mal –hasta que cayó enfermo- todos sus compañeros, pero todos, absolutamente todos, presumían de tener un toro suyo. Como ganadero se formó en la ganadería de Antonio Llaguno, y cuando su hijo Toño Llaguno, casado con una hermana de Manolo González, se fue a vivir a Sevilla, Chafick se hizo cargo de ella.

El toreo debió de aprenderlo con Manolo Martínez, el genio de la tauromaquia mexicana, al que apoderó muchos años. Y le hubiera gustado terminar su vida taurina como apoderado de José Tomás, muy amigo suyo, quizá el torero que más ha admirado.

En España tuvo una ganadería sorprendente: primero de encaste “Saltillo”, luego adicionó otros encastes emparentados, “Urcolas”, “Vega-Villar”, “Contreras” y “Coquillas”. Y finalmente, “Tamarones” y hasta “Veraguas”. ¿Una locura? Tal vez una locura poética. Si hacen falta dos generaciones ganaderas para poner a punto un hierro, ¿cómo Chafick, que no tenía descendencia, decidió criar todos los encastes a la vez, precisamente al final de sus días? Es una cuestión para la que no tengo respuesta. Prefiero recordarle como sabio de la bravura. De alquimias genéticas y de todas las reatas de todos los linajes, lo sabía todo. Y lo que no sabía, se lo inventaba tan bien que lo convertía en cierto. Yo me beneficié de su amistad. Y ahora le recuerdo con respeto.

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