¡IMPRESIONANTE, EL CORDOBÉS!

El domingo, 9 de mayo de 1965, Manuel Benítez, El Cordobés, de flamante grana y oro, inauguraba el coso cordobés de Los Califas, en una corrida a beneficio de la Asociación Española de la Lucha contra el Cáncer, alternando con los diestros locales José María Montilla y Gabriel de la Haba, Zurito. Cortó tres orejas y un rabo a su lote de Núñez, aunque no pudo estrenar la puerta grande al resultar herido en una axila y tener que salir por la de la enfermería.

     El sábado, 5 de abril de 2014; esto es: casi cuarenta y nueve años después de la citada efeméride, El Cordobés, traje corto y pelo blanco, volvía a hacer el paseíllo en el mismo ruedo como organizador y actuante del festival taurino a beneficio de la susodicha entidad. A su novillo de Domingo Hernández, le cortaba las dos orejas y abría la puerta grande para salir a hombros de sus compañeros, después de asombrar a los nuevos aficionados, de ponernos de punta la nostalgia y un nudo en la garganta a los que vivimos sus mejores años y unirnos a todos en el convencimiento de estar, no ya ante una leyenda viva de la tauromaquia, que también; sino en presencia de uno de los toreros más grandes e importantes de toda la historia del toreo.

     A menos de un mes para cumplir los 78 años, frente a un novillo de bonancible, aunque picante mansedumbre, bonito de cara, pero con peso y trapío de plaza de primera, Manuel Benítez volvía a poner la emoción por las nubes y la plaza boca abajo con los mismos argumentos que lo sacaron del anonimato para elevarlo a la cumbre cimera que el dios Tauro reserva a los toreros de época: su personalidad arrolladora, su sentido de la responsabilidad de máxima figura, su muleta prodigiosa y el VALOR. Éste, con mayúsculas, como conviene a su autenticidad. Valor forjado a golpes, testarazos, magulladuras, hematomas, palotazos, fracturas, tantarantanes y volteretas, en sus principios, y conservado intacto a lo largo de su carrera porque no se le fue por los boquetes de sus muchas y graves cornadas. Con él nos impresionó en Córdoba por su serenidad y relajo, reverdeciendo la tremenda impavidez que tenía en su juventud. No se puede torear más relajado ni con tanta naturalidad ni pisar los terrenos que le pisó al astado en la última parte de su faena. Sencillamente genial. Increíble. Si este fuego que aún tiene es el rescoldo de la llama de sus años mozos, imaginen los aficionados más nuevos cómo sería el incendio que convertía en alborotados gallineros todas las plazas y foros del planeta taurino allá por la década de los sesenta.

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