¿INNOVACIÓN O VUELTA ATRÁS?

Leyendo las bases que regían la corrida concurso celebrada el pasado sábado en Zaragoza, llamó mi atención su punto quinto, en el que textualmente se decía: “Solo se pintará una raya en el ruedo para delimitar los terrenos que ocupan el picador y el toro.

Con el preceptivo permiso de la autoridad, el matador podrá ordenar al picador de tanda, que transgreda la raya y realice la suerte donde estime oportuno para, si fuere necesario, demostrar la máxima bravura del toro. En la tercera entrada el picador podrá utilizar el regatón.”

Debo confesar que se me hizo necesario releer el texto para cerciorarme de que decía exactamente eso, porque, en principio, no entendí absolutamente nada. Suprimir una de las rayas de picar y, además, facultar al picador para poder realizar la suerte en el lugar del ruedo que estimase oportuno, so pretexto de aquilatar mejor la bravura del toro, me parecía un despropósito, fuera de toda lógica taurina, y, además, una negación de la evolución histórica de la Fiesta.

La necesidad de la primera raya de picar –reglamentada desde 1923, pero en uso desde mucho antes– provino de evitar que los picadores –gratificados bajo cuerda por los ganaderos– salieran a los medios a picar a los mansos y evitarles el “fogueo”, o que, por el contrario, permanecieran refugiados al hilo de las tablas sin querer saber nada del bovino oponente. Más tarde, en 1959 y a propuesta de Domingo Ortega, entra en vigor la segunda raya de picar con objeto de delimitar un terreno de nadie entre toro y picador, de forma que no se pueda meter al astado debajo del caballo ni el del castoreño acometa al toro remiso a embestir echándose literalmente encima de éste. Es decir, las rayas se crearon precisamente para que el toro demostrase su bravura y se distinguiese del manso que no quería ir al jaco.

Ahora, en Zaragoza, se suprime tal delimitación retrotrayéndonos a la época en que los picadores podían picar donde les pareciera oportuno y se nos dice –en un derroche de ignorancia– que es para que los toros muestren su máxima bravura. ¡Qué cosas! Después, la raya resultaría inútil, dada la desmesurada lejanía en que se colocaron los toros, tanto como el veredicto del Jurado, que premió como bravo un toro voluntario, pero manso –se fue de la suerte todas las veces–, e ignoró al bravo de verdad que fue el castaño de Fuente Ymbro.

De los “listos” y los analfabetos, líbrenos el Señor.

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