PREDICADORES EN EL DESIERTO

La información taurina es la antítesis de la deportiva. Ésta, con respecto al fútbol, informa más antes de los partidos, sobre su intriga, sobre sus actores, sobre sus consecuencias, que después de los partidos. Se diría que interesa más la incertidumbre previa que el juego en sí mismo. En consecuencia, la gente va más a los estadios y sabiendo lo que va a ver.

El periodismo taurino opera al contrario, lo hace por omisión. No informa sobre el momento de cada torero, sobre lo que se juega en esa tarde, ni por supuesto sobre las características de la ganadería que se va a lidiar. En consecuencia, se oculta el posible interés de la trama y la gente que va a la plaza, en su mayor parte no sabe lo que va a ver.

Los dos corridas inaugurales de la temporada madrileña, con dos carteles muy interesantes, para aficionados, apenas consiguieron llevar siete mil personas en una ciudad con cerca de cuatro millones de habitantes. Lógico, los que fueron parecía que asistían a un espectáculo clandestino. Mi impresión es que había una minoría de aficionados y una mayoría de turistas flotantes.

Sin embargo, fueron dos grandes corridas, muy interesantes para el aficionado, por la importancia del ganado lidiado y por las excelentes actuaciones de los seis toreros, a pesar de que no hubiera triunfos resonantes. Con el agravante de que los que sí merecieron el éxito se vieron boicoteados por el palco presidencial, que negó dos muy justos trofeos, uno a López Simón, en la primera tarde, y otro a Antonio Nazaré, en la segunda.

Anécdota: cuando comenté a la salida con un viejo aficionado la injusticia de que no se hubiera premiado a Nazaré su faena al fogoso toro “Salpicón”, de los hermanos Gavira, muy armado, con 522 kilos y que cumpliría seis años en mayo, me respondió: “Sí, la faena fue buena pero el torete no transmitía”. Impresionante.

Ahora los toreros predican en el desierto.

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