REFLEXIONES TRAS LA CORRIDA CONCURSO DE ZARAGOZA

La corrida concurso en muchas plazas está considerada, sin que se diga, como un espectáculo menor, que cubre huecos, con pocos gastos y que contenta en principio a una minoría de público torista. Los ganaderos no suelen presentar lo mejor de su camada, mas bien al contrario, casi siempre son toros que no han cabido en los lotes programados a lo largo de la temporada.

Salvo, si se trata de ganaderías con pocos contratos y que suelen ser encasilladas como duras o si el festejo, tanto para los ganaderos, el empresario y el público, reviste una importancia particular. Como fue el caso de Zaragoza. Se vio una gran variedad de encastes, serios e impecables de presentación los toros, acordes al trapio característico de cada hierro y con un comportamiento de alto interés.

Se privilegió en exceso la suerte de varas que obviamente es importante en este tipo de festejo y en todos, pero cuando el castigo imposibilita la lidia con la muleta va en perjuicio del toreo y del propio toro que se acaba antes de tiempo. Le sucedió por ejemplo a un toro muy bravo y enclasado de Alcurrucén que se mató en el caballo tras cuatro puyazos. Una lástima, porque la lidia es saber medir el castigo para ver el toro en toda su amplitud.

Cuatro varas de las de hoy es algo desmedido para un toro bravo. Bien es cierto que es un espectáculo verlo embestir de largo y arremeter contra el caballo, pero también hay que saber analizarlo. No basta con que el toro galope, si escarba largo tiempo antes de lanzarse, embiste con la cara alta y sale luego suelto no se puede decir que sea un toro extremadamente bravo.

Algo parecido sucedió con de Cuadri que se lució de esta manera en varas, lo suficiente como para que el jurado le atribuyese a mi entender injustamente el premio al mejor toro. El que si lo hubiera merecido fue el quinto de Fuente Ymbro, imponente de hechuras, fiero y bravo en el capote, entregado en el caballo y pese a los severos puyazos, con una transmisión extraordinaria en la muleta hasta que no pudo mas. Un torazo, un ejemplo, un paragón de la bravura. Javier Castaño estuvo entonado con él, pero no a su altura. El toro hubiera merecido la vuelta al ruedo aunque al final de la faena estuviese reventado.

También me gustó mucho el toro de Zalduendo que abrió plaza, con muchos pies y alegría. Nada fácil de torea porque tenía mucha casta. Fue lidiado con firmeza y magisterio por Antonio Ferrera que lo finiquitó de una buena estocada pero el público, muy frio, ni siquiera le pidió la oreja. Sin embargo si su supo calibrar la bravura del toro.

También tuvo calidad el de Adolfo Martín, con la embestida característica por bajo de los buenos toros de este hierro, pero desgraciadamente le faltó gas. Los toros restantes tuvieron menor lucimiento.

En definitiva un festejo en el que la gente disfrutó, hubo una buena entrada, pero en el que pecaron ciertos excesos y el primero de ellos es que si de verdad el toro es el protagonista no hay que acabar con él en la suerte de varas.

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