3ª CORRIDA DE LA TEMPORADA EN MADRID ¿PRESIDENTES O ANTITAURINOS?

Si los presidentes de plaza fueran árbitros de fútbol anularían todos los goles. ¿Un ejemplo? Los jueces que han presidido las tres primeras corridas de la temporada madrileña. El domingo de Ramos negaron una oreja a López Simón; el domingo de Resurrección, a Antonio Nazaré; y el 2 de mayo, a Diego Urdiales.

Y las tres fueron solicitadas unánimemente. O sea, que los “Usías” incumplieron literalmente el reglamento taurino que están obligados a defender.

Lo hacen posiblemente para mantener enhiesta su fama de buenos aficionados y, con toda seguridad, impunemente, pues no parecen estar vigilados por ninguna institución a la que deban rendir cuentas.

Las consecuencias no pueden ser más negativas. Para quién no ha estado en la plaza, la falta de trofeos significa que las tres tardes no ofrecieron el menor interés. Sin embargo, esas tres orejas en tres tardes hablarían de que la Fiesta va bien en el ruedo de Las Ventas, sobre todo si se tiene en cuenta que una oreja en Madrid equivale a dos en cualquier otra plaza.

¿Podríamos pensar entonces que los presidentes son antitaurinos emboscados, el llamado enemigo interior? Sinceramente, no lo creo. Sí pienso que como aficionados dejan mucho que desear.

En efecto, las buenas faenas que habitualmente se suelen presenciar en Las Ventas no se evalúan por el número de pases, ni por su perfección geométrica, sino por el toreo intenso impuesto a enemigos de muchísimo respeto, con muchas dificultades en su comportamiento y una agresividad correosa que no se ve en otras plazas.

En la corrida del 2 de mayo, que pertenecía a los hermanos Lozano, hubo dos faenas muy importantes, la mencionada a cargo de Diego Urdiales, que tuvo el mérito de ligar en redondo a un toro violento y calamochador, apoyado por un viento no menos encrespado; y la que Antonio Ferrera arrancó al cuarto de la tarde, un toro mirón, reservón y con genio, gracias a un valor impresionante y a la conquista paulatina de un sitio cada vez más cercano, que obró el milagro de metamorfosear a un manso con genio en un noble pastueño.

Curiosamente, aunque lo mató de una estocada en la que se volcó sobre el morrillo, cuatro descaballos fueron suficientes para que la torerísima faena se epilogara con pitos. ¡Qué vergüenza de afición, qué mal público!

¿Hacia dónde camina la plaza de Madrid? Un público esquizofrénico, compuesto por aficionados y lunáticos ocasionales, unos presidentes rigurosos hasta el incumplimiento reglamentario y ciegos ante el toreo, y una prensa tímida para decir la verdad o tan ignara como para no verla, vaticinan un mal tiempo taurino.

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