MADRID HASTA EL 18 MAYO : ANAQUEL DE DESTACADOS

Nueve corridas de a pie lleva San Isidro cuando escribo estas líneas, y en casi todas han ocurrido cosas que señalar; sin embargo, mostraré en mi anaquel de destacados sólo aquellos que han sobresalido con luz propia –que es luz de futuro y esperanza– haciéndose acreedores de esa determinación y gallardía que el aficionado compendia en una frase tópica: “¡Así se viene a Madrid!”

     Como Iván Fandiño, que reventó en gesto y gesta, tauromaquia y alarde, los cerrojos de la Puerta Grande de Las Ventas, dándosele una higa que fuera 13 y martes. Con Fandiño, se demostró una vez más que, cuando un torero viene dispuesto “de verdad” a salir por una de las dos puertas grandes del toreo: la del triunfo o la del dolor, difícilmente no alcanza su objetivo. El año pasado le tocó salir por la de la sangre y en éste atravesó la Puerta de Madrid en hombros de la gloria.

     Tal momento de madurez y compromiso –aleación perfecta para que los triunfos se concatenen– fue evidenciado también por Joselito Adame, damnificado por la incomprensible miopía presidencial, por desgracia, tan común en Las Ventas, en su notable faena ante el añejado trolebús de Torrealta que salió de remiendo la tarde de La Palmosilla. En contraste con el Adame voluntarioso, ratonero y acelerado de Sevilla, éste de Madrid derrochó firmeza, temple y sosiego. Para colmo, asustó a los tendidos con el arrimón de epílogo y ratificó su actuación con una estocada digna de premio; pero al neófito Sr. Polo se le encasquilló la cordura y se hizo acreedor a ser placeado por ruedos menores antes de volver de nuevo al de Madrid, cosa que ni ha ocurrido ni ocurrirá. Por cierto, hablando de arrimón, consignemos el de Sebastián Ritter con el astifino toro de Gerardo Ortega. Más cerca es imposible torear.

     Juan del Álamo ha vuelto a merecer figurar en este anaquel de triunfos. Cuarta oreja en cuatro actuaciones en Madrid. Pero ahora –se le nota la regularidad con que ha toreado este invierno– con ese poso de técnica que él pone al servicio del valor. Triunfó de nuevo por casta y por sapiencia, y, sobre todo, por ser capaz de dejarles a los toros la muleta en la cara para que repitan sus embestidas. Me deja muchas ganas de volverlo a ver.

     Frescura, desparpajo, alegría de vivir y de soñar, fragancia de sol en primavera, la ilusionante actuación de Román. Novillero al filo de la alternativa, que vino a San Isidro dispuesto a montarse encima del destino –y del viento y los toros–, y así hizo. Salió de la lid rebozado de sangre de toro, las guedejas al viento, un brillo de triunfo en los ojos y el reconocimiento de aficionados y profesionales. Mientras haya chavales que afronten el toreo con la afición y contento que Román, la fiesta brava seguirá adelante por más zancadillas que le pongan.

     Para colofón de este cuadro de honor he dejado la corrida de Parladé. Difícilmente verá Madrid otro encierro tan encastado, noble y propicio para que el toreo se exhiba como fiesta de la emoción. Con todos los matices que se quieran, de seis toros sirvieron seis. Incontestable triunfo ganadero, a pesar de los intentos de reventar la tarde protagonizado por los “inteligentes” cofrades del “racismo torista”, detractores incondicionales del encaste Domecq.

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