¡¡PERERA!!

Golpear con contundencia la aldaba del portón de la gloria del Toreo. Eso es lo que hizo Miguel Ángel Perera, el pasado viernes, 23 de mayo, en la plaza de toros de Madrid, antes de que el entusiasmo desarbolado lo dejase casi sin vestido en su salida a hombros.

Decíamos en un artículo anterior que la aleación de la madurez y el compromiso es garantía de éxito torero. La primera conduce el toreo, de la mano de la técnica y el conocimiento, hacia la plena depuración; el segundo se lía la manta a la cabeza, tira de riesgo y apuesta allí donde palpita la cornada con un sentido de la responsabilidad que prende la angustia en los tendidos.

Perera llegaba a San Isidro próximo a cumplir su décimo aniversario de alternativa, curtido en cuero y alma por todas las aristas del toreo: las amargas, cicatrizadas en forma de cornada, de esfuerzos mal recompensados, de infortunios a destiempo, o en carne viva aún como ese maltrato empresarial que le hizo rebelarse con sus cuatro compañeros para vetar a la empresa Pagés; y las dulces, maduradas a fuego lento en la concatenación del conocimiento del toro y de sí mismo, en el afinamiento del pulso del toreo, del dominio de las suertes, del registro de propiedad de los terrenos, de ese amistar con el misterio del tiempo para alumbrar el temple.

Llegaba también revestido de responsabilidad, bajo el verde esperanza de su terno de oro. Sabía que en Valencia no rodaron las cosas y la espina de Sevilla le sangraba por dentro. Era el momento de echar al aire la moneda, de jugar el albur de la suerte o la muerte, de dejar hablar al sentimiento capote y muleta en mano y reivindicarse ante la afición más exigente de España.

Faltaba el toro. Y el toro le salió por dos veces. Curiosamente, ambos con el mismo nombre: “Bravucón”; el primero, cinqueño, bien armado, badanudo, salpicaduras blancas en su negra sotana y gran clase; el segundo, cuatreño, negro zaíno, y más fino, alto, gordo y problemático que el anterior. Dos versiones de toro, para que Perera mostrara las dos dimensiones de su toreo actual, levantadas ambas sobre la más absoluta firmeza de planta y el poderío de una muleta que obliga hasta cuando se vuelve seda.

Y seda fue con su primero, concatenando los pases y las tandas al compás de un toreo templario, sereno, reposado, relajado y consciente de las altas cotas de su verdad. Y cuando se torea con verdad, los toros pasan muy cerca de los muslos. Esta vez además, no mutiló los pases sino que los ejecutó íntegros desde el cite hasta el remate, sin que ello le impidiera ligar en una baldosa, incluso en los naturales, con un toro que reponía y se quedaba corto. Pero ni eso consiguió crispar la brisa suave que mecía su muleta arrancando truenos de los tendidos.

En el otro, sin embargo, vimos al Perera que se asoma al balcón de la cornada arrimándose como un desesperado. Pero sin desesperación; al revés, con una flema, una serenidad, una suficiencia, un estoicismo digno de un monje budista. Se jugó el pellejo olvidado de que ya tenía la puerta grande en el bolsillo, y consiguió emocionarnos a todos con la autenticidad de un valor que no renunció jamás a su concepto del toreo.

Perera ha dado un fortísimo golpe en la mesa del toreo. La expectación por verlo en Las Ventas el próximo día 3 de junio con los toros de Adolfo Martín supera ahora todas las previsiones.

perera1bayonne2013

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