VOLVIÓ EL GRAN JOSÉ TOMÁS

De nuevo, José Tomás por las arenas. De nuevo, inmerso en la poética de la muerte y la vida. De nuevo, los clarines encendiéndole los pilotos de alerta de la emoción, la responsabilidad y el regocijo. De nuevo, el “No hay billetes”.

De nuevo, la expectación y la reventa orbitando por la estratosfera.

De nuevo, el escalofrío del acontecimiento, la ilusión de la espera, las expectativas afiladas y en puntas. De nuevo, el triunfo, la apoteosis, lo excepcional.

De Europa a América. De Francia a México. De Nimes a Juriquilla. Del 16 de septiembre de 2012 al 3 de mayo de dos años después: extremos de un paréntesis de diecinueve meses y diecisiete días. Largo fue el aguardo, pero a la postre todo se redujo a pasar de un éxito histórico a otro igualmente memorable.

José Tomás volvió a abrirnos de par en par las puertas del lenguaje torero que le es propio; ese que se nutre de lo que ha vivido, de lo que ha gozado, de lo que ha sufrido; ese lenguaje interior que participa ya de una mirada íntima transformada ante el toro en imágenes visuales que nos hablan directamente al corazón; una mirada cabal, profunda, valiente, capaz de desdoblarse en dos discursos.

El primero, expuesto ante “Siempre amigo”, de Los Encinos –dulce toro de su reaparición–, tuvo la elocuencia de la elegancia, la suavidad y el mimo; la de convertir en caricia el toreo desde la majestuosidad y el empaque de su personalidad única y de un temple exquisito convertido en tónico para dotar a la res de la fuerza que necesitaba. Rubricada su exposición con un estoconazo fulminante en el hoyo de las agujas, a sus manos fueron las primeras orejas de la tarde.

El segundo, en cambio, tuvo la tremenda emoción del desgarro; de ese toreo que sale directamente del corazón y la bragueta, aliándose a la lírica de sus muñecas y al poema de sus sentimientos. Disertación torera ante un veleto, bravo y exigente toro de Fernando de la Mora, que atendía por “Rey de sueños”, que lo alcanzó y a punto estuvo de echárselo a los lomos, para adobar de angustia el arte más templario. Lío gordo, con el público en pie y sombreros en el ruedo, esculpido en bronce el natural, en una faena de rabo –malograda con la espada–, catalogada por algunos críticos como la mejor realizada por José Tomás en México y considerada por los ganaderos Fernando de la Mora y Pepe Garfias y el empresario Torres Landa, como la más grande que habían visto en su vida.

El mejor José Tomás ha regresado. Decíamos ayer…

foto Bruno Lasnier. José Tomas Nîmes 16 septiembre 2012

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