MIURAS EN MADRID

     Venían directamente de otros tiempos y no sé si del infierno. En los corrales, imponía ver sus caras, sus pitones, sus moles galgueñas, apretadas, de láminas sacadas de La Lidia u otras publicaciones del siglo XIX. Eran toros de antes de la penicilina, trasminando evocaciones a cloroformo y puntos de sutura, a jacos despanzurrados pisándose las tripas y maltrechos picadores, asiduos al tafetán, al árnica, a los chichones y a los tumbos del crujir de huesos, curados con agua milagrosa y un buen trago de vino para hacer alma y cuerpo.

     Con la imagen decimonónica de los toros derrotándome en la memoria, al salir del apartado mañanero, camino a la querencia del vermut con sifón, buscaba uno sin saber por qué el rostro patilludo de don Eduardo, aquel que mantuviera el pleito con el Bomba y Machaco, y no podía dejar de sentir extrañeza al ver un anacronismo de automóviles en lugar de simones, landós y carruajes de punto.

     Pero llegó la tarde y se abrió la puerta del chiquero, y los miuras no se comieron a nadie, aunque alguno sacara su poquito de guasa de baja intensidad; es más, hubo dos toros notables, aunque de características distintas. Uno, el lidiado en segundo lugar, “Zahonero” de nombre, un cinqueño cárdeno de 611 kilos de peso, que se arrancó tres veces al caballo –las dos últimas, medio andando, de largo, recargando– y galopó en banderillas, para llegar encastado y con un mejor pitón izquierdo a la muleta de un Castaño que no acertó a cogerle el tiempo ni la altura. Toro encastado, más espectacular que bravo, muy del público, que a su muerte pidió con fuerza el galardón de la vuelta al ruedo, que el presidente no concedió, mientras silenciaba la labor del torero salmantino leonés.

     El otro fue el corrido en tercer lugar, un pájaro zancudo de sotana cárdena, cuatreño, con 577 kilos y que atendía por “Aguilero”; sin duda el toro de embestida más dulce, noble y clara de todo San Isidro. Careció de la casta de su anterior hermano y por eso no llegó tanto a unos tendidos que colgaron el “No hay billetes” para ver el dramático aguafuerte de esos miuras “de libro”, catedráticos en latín y griego, trayendo de cabeza a la coletería. Sin embargo, para el torero fue un gran toro, con temple, humillación y clase. Pero el peor enemigo de un miura, cuando sale así de boyante, es su propia “marca”; lo mismo que el peor enemigo del torero es el recelo que haya metido de antemano en su mente. Así, entre que Serafín Marín se dio cuenta de que aquello no era un sueño y se convenció de que tenía delante un toro de “lío”, aunque fuera de Miura, se le pasó la parte fundamental de la faena sin ponerse en el sitio para que el toro repitiera. Al final, sí llegaron  muletazos bellísimos –sobre todo una tanda de naturales de cite frontal y compás abierto, magnífica–, pero ya era tarde. Con el toro a menos y el público en desconexión, Marín vio cómo la anhelada oportunidad se le iba al desolladero, junto al toro, con las mulillas.

     Cuando se abrieron las puertas de la plaza y el público abandonó el recinto, las conversaciones no se hacían eco de las cualidades de estos dos astados, sino que echaban en falta ese miura tremebundo que les hubiese sobrecogido el ánimo; de ahí que, bajo ese síndrome de abstinencia, más de uno se marchara directamente al cine a ver una película de terror.

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