SAN ISIDRO 2014. DEL 30 DE MAYO AL 2 DE JUNIO.

Feria de San Isidro. Décimo séptima corrida. 30 de Mayo. La casta del encaste Domecq

Los tópicos anidan en la afición. Los llaman “sello”. Con respecto al toro, al que embiste no lo llaman bravo sino comercial, y al manso que se defiende, lo tapan como encastado. La corrida de El Montecillo, puro orígen Juan Pedro, fue, tras la de Parladé, o sea Juan Pedro, la más encastada de la feria. Pero maticemos. El primero habría sido más bravo que encastado si no lo hubieran dejado crudo en varas y Abellán no lo hubiera toreado donde más viento hacía. El segundo desbordó, encastado, a Ureña, porque no lo picaron suficiente y al murciano le faltó temple. El tercero fue un cabrón, así como suena. El cuarto era un gran toro, Iturralde lo dejó de dulce en varas, pero Ureña no se acopló. El quinto, un manso con sentido al que pudo Abellán. Y el sexto, otro manso con genio resabiado.

Con tales mimbres, Miguel Abellán dio una gran tarde. Heroica y muy torera. A porta gayola dio dos largas y remató sus lances con otra larga de rodillas. Luego toreó muy bien con el capote e hizo dos buenas faenas, en lucha contra el viento en su primero y contra las malas ideas de su segundo. De haberlos matado a la primera habría salido por la Puerta Grande. Paco Ureña no tuvo su tarde y Joselito Adame no tuvo suerte.

Si los “domecq” de El Montecillo hubieran sido “santacolomas” o “saltillos”, los toristas habrían descorchado champagne.

Nota: Las banderas de la plaza indicaban, durante toda la corrida, que la dirección del viento era noreste-suroeste, por lo que se debería haber toreado bajo los tendidos 4-5. ¿Nadie se enteraba, ni cuadrillas, ni apoderados? Vaya panda.

Feria de San Isidro. Tercera corrida de rejones. 31 de Mayo.Pablo torea, Sergio triunfa.

En el rejoneo, si matas pronto, cortas oreja, y si el toro muere rápido, cortas dos. O sea, que Sergio Galán cortó tres orejas porque mató pronto una vez, y rápido –y bien-, la otra. Y esto es así porque para los aficionados al rejoneo todas las faenas son buenas, unas más vistosas que otras, pero todas buenas. Ciertamente, la destreza de las monturas sortea hasta los más duros escollos de la lidia a caballo. Y, claro, todos están bien. Pero si este público se fijara más vería cómo clavan unos y otros, cómo van, embrocan y salen de la suerte unos y otros. Entonces habrían visto que Pablo Hermoso dio una tarde memorable. Con mucho toreo en su primer toro –el único bravo de la tarde- dentro y fuera de las suertes. Y digo toreo, y no alardes, ni piruetas, ni desplantes, sino toreo de verdad. Por la manera de parar, encelar, torear de salida. Por su sentido increíble de los terrenos y su portentosa intuición de las embestidas. Por su temple para reunirse en el centro de la suertes. Por su ajuste al salir. Y por su manera de torear fuera de ellas. Ahora con la invención de “la hermosina”, un galope en el que el caballo, con el toro prendido a la grupa, cambia de pista una y otra vez. Es un rizar el rizo, un paso más después de “Cagancho” que, en esta ocasión, hasta ligó a una pirueta. Genial.

Por lo demás, Sergio Galán, vistoso, y el toricantano Manuel Manzanares, escueto, estuvieron bien. Y por otra parte, los toros de Bohórquez, demasiado arreglados y demasiado afectados por los rejones de castigo -¿se controlan estos hierros?-, se pararon medio muertos en el segundo tercio, excepto el 1º de Pablo. Tenían menos raza que un gorrión.

Feria de San Isidro. Décimo octava corrida. 1 de Junio. Alberto Aguilar vence al toro y a las circunstacias

Mala suerte. El primer toro embestía con clase y se partió un pitón: lo cambiaron por uno de Julio de la Puerta, malo. El segundo, también bueno, se malogró de tanto que se enceló en varas. Al tercero lo picaron demasiado. El cuarto, de Julio de la Puerta, era un prenda. Al quinto lo transformó en bueno su matador, Alberto Aguilar. Y el sexto, de El Ventorrillo fue una alimaña que olía a cloroformo. Sí, mala suerte para el ganadero de Montealto, que solo pudo lidiar cuatro toros cuyas hechuras y comportamiento hacían intuir ungran encierro.

El Capea estuvo muy bien. Es decir, por encima de sus dos toros. Si su labor no fue apreciada por los domingueros la culpa debe atribuirse al 7, que lo boicoteó con premeditación. Sebastián Ritter también tuvo el santo de espaldas. Su primero, noble, se paralizó tras las varas y su segundo era intoreable. Quien triunfó fue Alberto Aguilar, muy valiente con su desfondado primero y muy torero con su segundo, un toro al que nadie había visto y al que cuajó una gran faena, con muletazos ligados y hondos, de gran clase. Venció al toro y a un ambiente enrarecido a esas alturas de la corrida. Lo mató sin puntilla y le dieron una oreja. Merecía dos.

Feria de San Isidro. Décimo novena corrida. 2 de Junio. Gayumbada intolerable de Cuadri

Un par de toros estuvieron en el filo de los 600 kilos, el resto los superó. O sea los toristas, felices. Menos lo estuvieron con los cuernos, muy serios pero no cornalones. Y los protestaron. En varas, se dejaron en el mejor de los casos, en el peor volvieron la cara. Y como todos tenían fuerza, alguno derribó. Menos mal que a la media distancia no querían caballos, si no habrían derribado todos. En la muleta se movieron dos, pasando con la cara alta, sin querer atrapar el engaño. Y la mayoría salió de las suertes mirando al tendido, desentendidos. ¡Caray con la casta!

En definitiva, un desastre ganadero: confiar el trapío al volumen y a los kilos es mala cosa. Un desastre empresarial: pasar el fielato del reconocimiento veterinario no debe tener como precio aburrir después a veinte mil personas. Un reto a los críticos: negar tal planteamiento a una corrida de toros. Y un eximente a los toreros, que lidiaron un peligro que la gente sólo vió cuando el sexto volteó al toricantano José Carlos Venegas. Este salió bien librado, aunque herido, de la prueba. Y es que el valor unido a la inocencia también torea. Se puso a torear a sus dos alimañas como si fueran de carril… y los engañó. Bien por los toreros valientes.

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