TODA UNA VIDA…

Hay veces que la emoción bloquea la garganta y las lágrimas se abren paso a puñetazos de pura realidad; veces en las que todo nuestro ser se conmueve estremecido por la fuerza de los sentimientos, que pugnan por aflorar a través de la piel poniéndonos la carne de gallina.

El pasado jueves, en la plaza de toros de Granada, viví en unánime comunión con la totalidad de la gente que abarrotaba el coso, uno de esos momentos mágicos y transidos de humanidad; uno de esos momentos que aún me hacen creer en la condición humana, a pesar de todos los horrores con que nos despertamos cada día.

Al término de una tanda de naturales a “Desterrado” –quinto astado de la tarde y con un trapío de plaza de primera–, José Tomás cometió dos errores: perderle la cara al toro e irse de él a favor de su querencia a tablas. Los pagó caro. El burel se le vino encima de improviso y se lo echó a los lomos en una dramática voltereta que dejó al torero tendido boca abajo en la arena, absolutamente inmóvil y con una flacidez en el cuerpo que hizo estallar en nuestras conciencias los presagios más agoreros. Desmadejado, inerte, fue conducido a la enfermería mientras en los tendidos se sucedían y simultaneaban escenas de angustia, lipotimias, ataques de nervios y conmoción generalizada. A José Tomás, al rey de los toreros que había venido a coronarse en el corazón del reino nazarí, un toro parecía haberle partido la vida.

Nerviosismo en los tendidos, nerviosismo en el callejón y en Finito de Córdoba, que, muleta en mano, se había puesto delante de “Desterrado” para largarle un innoble y huidizo pinchazo… Y en esto, que la puerta de la enfermería se abre para dejar paso al torero, blanco como un espectro que regresara de entre los muertos, quien, sin aspavientos, ordena a los lidiadores que dejen el toro porque él ha salido a matarlo.

Entonces sucedió. Verlo y alzarse en pie la plaza entera con un rugido impresionante, mezcla de admiración, alivio y agradecimiento, fue todo uno. Nunca he visto a la emoción tocar las palmas de esa forma, ni un amor tan profundo en los gritos de ¡Torero, Torero, Torero…! que se fueron apoderando de la plaza mientras continuaba la extraordinaria manifestación de exaltación al torero, al hombre, al prójimo que llevamos palpitando en las entrañas, a ese ser generoso que volvía del dolor, y en dolor, a poner colofón a su obra con el pundonor y vergüenza torera que lo caracterizan. Lo logró de pinchazo, volapié y certero descabello y no hubo entonces pañuelo que no abandonara el bolsillo para ondear reivindicando laureles para el héroe. Dos orejas. A mi juicio: premio simbólico, más que a una faena, a un ejemplo de honradez y a una forma de sentir y vivir el toreo.

 Dos orejas que, desde mi corazón agradecido, otorgo yo también al público de Granada por su sensibilidad. Me sentí muy feliz al reconocerme en él y orgulloso de ser aficionado a los toros. Mientras, en mi interior atenazado, la música de un bolero ponía un sonido dulzón a mi estremecimiento: “Toda una vida…”

tomas06

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