BODAS DE PLATINO DE UNA ALTERNATIVA

El miércoles, 2 de julio, se cumplen setenta y cinco años de un acontecimiento que marcaría el inicio de una nueva época del toreo: la investidura como matador de toros, en la Real Maestranza de Sevilla, de Manuel Rodríguez, Manolete.

Hacía tres meses que se habían callado los cañones en las tierras de España. Con las heridas aún abiertas de la Guerra Civil, la Asociación de la Prensa sevillana organizó esta corrida, a beneficio del Seguro del Periodista, con ganado de don Clemente Tassara –antes Parladé, según rezaban los carteles–, para cuya lidia y muerte se anunciaban un torero veterano cuyo nombre llevaba Sevilla cosido a sus entrañas: Manuel Jiménez, Chicuelo; Manolete, que recibiría del anterior los trastos que le abrirían las puertas del escalafón superior, y Rafael Vega de los Reyes, testigo privilegiado no sólo de esta ceremonia, concebida con fulgores de aurora, sino del sangriento y luctuoso final que el pitón de “Islero” pondría a la época, en Linares, ocho años más tarde.

Corrida triunfal donde las haya resultó la de aquel luminoso domingo sevillano, pues Chicuelo, reverdeciendo arte y pinturería, le cortó el rabo al cuarto; el hermano de Curro Puya, se llevó dos orejas del quinto, y Manolete, otras dos del astado de la ceremonia.

El diestro de Córdoba, que nació estoqueador por encima de todo, dejaría entrever ese día todo el mensaje de futuro que se intuía en la seca firmeza de su estilo.

Con los mimbres de su estoicismo senequista, de ese valor de ley reñido con cualquier asomo de arrebato, grito o gesticulación, de la elegancia innata de su porte, del temple que su espíritu trasladaba a las telas, del dominio que imponía a las reses su solemne majestad, desde el misticismo que irradiaba su personalidad de ciprés imperturbable, Manolete empezaba a tejer la urdimbre de una nueva tauromaquia; una nueva forma de torear que obligaría a recalibrar los metros que medían el arte de la lidia a su llegada, como más tarde ocurriría con El Cordobés, con Paco Ojeda y más recientemente con José Tomás, aunque la ceguera mental de algunos les siga impidiendo apreciarlo.

Manolete no sólo cambiaría la curva geometría belmontina por su sistema de rectas perpendiculares: la vertical de su figura hierática y la horizontal de su toreo encaminado a convertir el infinitivo “ligar” en cuarto canon de la tauromaquia; sino que rompería con el principio de adaptar su toreo a las condiciones de las reses para imponer su singular faena a toros de toda condición y estilo. Que lo lograra el noventa por ciento de las veces, obligó al toreo a meterse por la senda de la regularidad. A partir de él, para ostentar por derecho propio el sello de figura, sería preciso salir a triunfar todas las tardes y ratificar los éxitos de manera continuada. Aquello de vivir de las rentas de una faena excepcional, como le ocurrió a su padrino de ceremonia con “Corchaíto”, se había terminado para siempre.

Si la paternidad del toreo moderno es indudablemente belmontina, Manolete encarna el rango de primer torero moderno de la historia. Las fotografías de su arte parecen actuales, y su empaque y su estilo, inmarcesibles. Una hermosa historia que comenzó a amanecer ahora hace tres cuartos de siglo sobre el radiante albero de la plaza de toros de Sevilla.

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