DE SEVILLA A PAMPLONA

Noche del 3 de julio. Sevilla en fiesta… ¡taurina! Ambientazo en el coso del Baratillo. Colas en las taquillas. Mucha gente del toro en los aledaños de la plaza. A la hora del paseíllo, el sol abarrotado y buena entrada en sombra. ¿Los “culpables”?… Cuatro: Borja Jiménez y José Garrido; el ganadero Ricardo Gallardo –triunfadores de Puerta del Príncipe el pasado 1 de junio– y la Empresa Pagés, que supo recuperar el antiguo código del toreo, premiando a los triunfadores y a la Afición, que quería volver a verlos.

     El ambiente era favorable y la expectación, grande. Pero se cumplió el dicho y la decepción firmó la noche, sin que la oreja cortada por Garrido en el sexto pudiera maquillar el pobre balance. ¿Causas? Echar la culpa a los novillos de Fuente Ymbro, como he leído por ahí en alguna que otra crónica, es adulterar la verdad y engañar a los novilleros. Sin ser un encierro para satisfacer al ganadero, me gustaron particularmente los astados primero y sexto, y el resto, con los defectos que ustedes quieran, se movió mejor o peor, pero dando a los espadas posibilidad de estar más a tono con la expectación levantada.

     Dos novillos bastaron para que el presumible clima de rivalidad se diluyera. Borja, que comenzó yéndose a portagayola en el que abrió plaza, no continuó fiel al estilo que le otorgó el triunfo la vez anterior y no pasó de voluntarioso e incapaz de prender en los tendidos. Garrido, con su valor de siempre, cayó en una alarmante vulgaridad y un toreo demasiado acelerado y salpicado de trallazos, que sólo pudo lucir salpimentado por la gran transmisión del castaño que cerró festejo.

La moraleja que cabe sacar del mano a mano es clara: Después de hacer lo más difícil; esto es: meter a la gente en la plaza y crear un ambiente como hace tiempo no se veía en Sevilla; en vez de “arrear” aún más y seguir avanzando a favor de corriente, se conformaron como si ya lo hubiesen logrado todo. Error imperdonable de Borja y José que echó agua al fuego que ellos mismos habían avivado.

     Dos fechas después, Pamplona. Aperitivo novillero de los Sanfermines. Cartel atractivo y buena entrada. Estimable novillada de El Parralejo –con un novillo de vuelta al ruedo, el cuarto, y otro notable, el tercero, que a mí me gustó más–, para una terna con proyección: Francisco José Espada, Borja Jiménez y Posada de Maravilla.

     Aquí, el claro triunfador fue Borja Jiménez, que se llevó tres merecidas orejas de su lote de utreros, sin volver al estilo batallador y esforzado que le daba su sello. Esta vez le salió bien, pues estuvo francamente lucido; pero, otra vez pecó de ese conformismo que tan poco se aviene a la condición de torero puntero. ¿No cree el novillero que, una vez conseguida las tres orejas, tenía que haberse ido a portagayola en el novillo que tuvo que matar por Posada? Precisamente por eso, porque no le hacía falta. Hubiese dado entonces esa dimensión de torero ambicioso e inconformista que tanto gusta a los públicos. Sé que alguno dirá que soy demasiado exigente; pero, créanme, más exigentes son las reglas no escritas del toreo. Algo de lo que también debería tomar nota Espada, chaval de exquisito corte muletero y clásicas maneras, pero con una frialdad heladora.

     Me encantó, sin embargo, encontrarme con la recuperación de Posada de Maravilla. Era la séptima vez que lo veía esta temporada y la primera en que he vuelto a notarle esa frescura que le hizo descollar el año anterior. Faena de dos orejas a un gran novillo de El Parralejo, frustrada por la espada hasta la desgracia de cortarse en la muñeca derecha con su filo, lo que le obligó a ponerse en manos de los médicos. Esperemos que a la pronta recuperación física se una la continuación de la artística aquí señalada.

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