EL TORO EN SAN FERMÍN: AYER Y HOY

He visto la feria en Canal Plus. Y en el tiempo previo a las corridas esta cadena programó un miniespacio evocativo, titulado “Aquella tarde”, que nos trajo imágenes de toros y toreros de los años 50 y 60. Lo que más llamó mi atención fue el trapío de los toros: novillos sin trapío, sin cuernos, algunos con pinta de erales, todos muy por debajo de la novillada lidiada este año. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? El toreo es pendular y va de un extremo a otro.

Tampoco es mejor el presente: toros cornalones que suelen impedir el toreo reunido y que duplican su peligro más por su arboladura que por sus intenciones. Entrar a matarlos por derecho ha sido el mayor mérito de casi todos los espadas.

Los toros enormes, sobredimensionados, demagógicos, de San Fermín no se han diferenciado por su trapío (escribo estas líneas antes de ver la corrida de Miura), pues todos tenían un volumen mastodóntico y los mismos largos cuernos, paliabiertos, desiguales, francamente feos, sino en buenos y malos. Los buenos pertenecían a las llamadas ganaderías comerciales, o sea las que embisten, bien o mal, pero embisten; los malos llevaban el hierro de las ganaderías toristas, las que no suelen embestir, ni bien ni mal. Dentro de este grupo, los encierros de Dolores Aguirre y Adolfo Martín fueron absolutamente ilidiables, aquellos mansos con genio y estos mansos químicamente puros. Todas las ganaderías comerciales embistieron, por lo general con bravura: Victoriano del Río, Garcigrande, Jandilla y Fuente Ymbro.

Entre los toreros ha destacado, con diferencia sideral, Miguel Ángel Perera, sin duda el mejor y más importante muletero del presente. Sus faenas tuvieron hondura, pureza, ligazón y una gran densidad taurómaca. José Moral fue la revelación de la feria, por su buen trazo capotero y, sobre todo, por la profundidad de su toreo con la muleta. Ambos devaluaron las orejas como trofeo. A Perera le dieron dos y mereció cuatro, y el toreo de Moral estuvo muy por encima de la oreja que consiguió. Merece acompañarles en este palmarés Iván Fandiño, impresionante en la suerte suprema y buen capotero y muletero. Y muy por debajo queda el resto de los espadas anunciados, aunque algunos cortaran orejas y salieran por la Puerta Grande.

Se bregó bien y se banderilleó mal. Se picó bien y la cuadra de caballos rayó a gran altura.

¿Y el público? Como siempre desde hace algunas décadas, la mitad de la plaza estuvo en la corrida y la otra mitad en otra parte. Antes, en los años 50 y 60 evocados por “Aquella tarde”, las peñas, siempre estruendosas, veían la lidia. En eso, el pasado era mucho mejor.

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