HACE UN CUARTO DE SIGLO

Me entra la nostalgia y me quito veinticinco calendarios de encima. Sin más, me asomo a la ventana del recuerdo. Desde el kiosco de prensa, me saludan las portadas de “Aplausos”, en su decimotercer año de publicación, y “Toros’92”, semanario eralito todavía, dirigido por José Carlos Arévalo.

     El triunfo de Espartaco en la Feria de Abril no es novedad; mas sí lo son y mucho –cara y cruz de la Fiesta– la reaparición de José Luis Parada con los toros del conde de la Maza y el percance de El Soro, en su segunda comparecencia sevillana, al saltar la barrera tras poner un par de banderillas a un toro de Guardiola, que apretaba de firme para adentro. Saldría con una fractura del tobillo derecho, que le trunca la temporada y marca el inicio del rosario de lesiones óseas que habrán de apartarlo de los toros cinco años más tarde. Ahora, veinte después, el torero de Foyos ha tenido la alegría de poder volver a torear, en un festival en Balmaseda, donde cortó una oreja.

     A Parada no le hizo falta cortar ninguna para convertirse en la revelación de la temporada. Aquella tarde del 2 de abril de 1989, plomiza, como el terno bordado en oro que sacó el sanluqueño, el público de La Maestranza pudo aprender o rememorar el lenguaje legítimo del toreo emocionado y emocionante. Tal fue la conmoción, que en el libro no escrito de la Tauromaquia figuró el nombre de José Luis Parada como único candidato a las posibles sustituciones que fueran saliendo. Y salieron. Y de no tener ni una sola corrida firmada, pasó a verse anunciado en todas las ferias. Y de nuevo Sevilla, y Jerez, y Arles, y Madrid…, pudieron gozar paladeando la solera artística de aquel hombre salido del desierto, del destierro, para abrasarnos con el fuego de su llama torera.

     Sin embargo, aquel fue un verano sangriento en un año de percances graves –Raúl Galindo en Las Ventas; Pepe Luis Vázquez, en Sevilla; Juan Ramos, en Zaragoza; Litri, en Pamplona; Roberto Domínguez, en Málaga…– y Parada, como todos los toreros que asumen el riesgo de torear con pureza, hubo de pagar un duro tributo: nada menos que cuatro cornadas en dos tardes en Barcelona, que quebraron su racha y su confianza.

     A la flor de la sangre, se unía también la de la esperanza. En Córdoba, el toreo resucitaba cargado de competencia. Dos novilleros de la tierra: Finito de Córdoba y Chiquilín, dividían en banderías a la afición cordobesa. Mientras, la brisa de Huelva nos traía el misterio de un chiquillo renegrido con una rebeldía de pelos de punta, cuya personalidad impactaba desde el mismo momento de hacer el paseíllo. Era el hijo de Chamaco; anunciado aquellas Colombinas, mano a mano, con otro hijo del cuerpo, que había encandilado Sevilla una mañana inolvidable: Julito Aparicio. ¡Ay!

     El toreo de hace un cuarto de siglo, meciéndose en el capote de Cepeda, en la muleta de Manzanares, en el arte de Curro Vázquez; ensalzado en los alamares de Ortega Cano, Julio Robles, Nimeño, Víctor Mendes, Tomás Campuzano, Rafi Camino, Morenito de Maracay… Nombres de ayer, sueños de siempre, añoranzas, recuerdos… ¡Cómo pasa el tiempo!

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