LA EMBESTIDA Y EL DERROTE

El toro bravo embiste; el manso, de raza brava, derrota. El toro bravo ataca; el manso, de raza brava, se defiende.

Por eso, cuando siente que no puede cornear el engaño que lo retó, se arrepiente y prefiere el muslo o la cadera del torero, y sustituye la embestida por un derrote que es como una cuchillada a traición.

El toro manso, da raza brava, puede ir de lejos al caballo. Pero si al sentir el puyazo se va, confirma su mansedumbre. Por eso, colocarle de lejos en el segundo puyazo después de haber huido en el primero es una estupidez taurómaca, por mucho que aplaudan los toristas indocumentados.

Valgan estas dos afirmaciones para descalificar la corrida de Miura que se lidió el pasado domingo en Mont-de-Marsan. Una corrida que nunca embistió, que siempre derrotó y que fue mansa, sin paliativos, ante el caballo. Una corrida para regatear, no para torear. Y eso fue lo que hicieron los toreros. Con entrega, con mérito, pero sin torear. No les culpo. Ni Lagartijo resucitado habría podido dar un pase como mandan los cánones de la tauromaquia.

Digamos las cosas claras: el toro bravo es valiente; el toro manso es cobarde. Por eso derrota, hace ruido en los estribos del picador, huye al sentir el castigo, tapa la salida en banderillas y frena su acometida cuando se siente podido por la muleta. No se pueden manipular los valores de la Fiesta. Y la bravura es el eje de todos ellos.

Comments are closed