BILBAO: CIRCUITO CERRADO

Se anunció una gran feria y fue una gran feria. Pero el público no respondió. Lógico. La fiesta de toros sucede en España dentro de un circuito cerrado. Expulsada de los medios de comunicación de masas –las televisiones abiertas-, fragmentariamente cubierta por los medios escritos –los periódicos- anda recluída en los portales de Internet, que sólo consultan los aficionados; las revistas especializadas, que sólo leen los muy aficionados; y en un canal de televisión de pago, al que también acceden únicamente los muy aficionados. O sea, una minoría.

Conviene apuntarlo porque a las plazas de toros siempre acudió esa minoría y las llenó otra mayoría, la de espectadores ocasionales que iban a los toros cuando toreaban las figuras y que, sin embargo, estaban al tanto de la Fiesta cuando todos los medios informaban de ella.

Ante ese reducto -la secta actual de aficionados- triunfó Miguel Ángel Perera, provocando un clamor que parecía multitudinario en su primera comparecencia. Lo extraño fue que a su segunda actuación, en la que también triunfó, acudió menos gente. Y, lo repito, es lógico: los triunfos en circuito cerrado conllevan estas paradojas. ¿Explicación? Los que el primer día le vieron en la plaza, el segundo se conformaron con verle en la tele. Verbigracia: en tiempo de crísis, dar a una secta dos opciones puede ser peligroso.

Hubo muchas cosas interesantes en Las Corridas Generales de Bilbao. El toro, muy serio, resaltó cuanto de bueno hacían los espadas. Los pertenecientes a las llamadas ganaderías comerciales fueron, en general, más bravos y estuvieron mejor presentados. Los denominados toristas, menos corpulentos y, en general menos armados, exhibieron mansedumbre, en el mejor de los casos mansedumbre con genio. Entre los espadas destacó, sobre todos, Perera, a una altura sideral, seguido por Morante y por Fandiño. Y a caballo, Pablo Hermoso de Mendoza estuvo deslumbrante. Por lo demás, se picó bien, se banderilleó peor, se toreó muy en linea y se mató mucho peor.

El presidente, que en Bilbao es un protagonista más, mantuvo su rigor, en ocasiones un necio rigor.

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