JOSE TOMAS LA ESTATUA, EL CONTRAPUNTO

José Tomás. La Estatua. Málaga. Sábado, 23 de agosto. Cita obligada del toreo. Fastos de tarde grande. El ambiente de las solemnidades extraordinarias y, por supuesto, lleno de no hay billetes. Incluso hay que apuntarle a su presencia, el de la tarde anterior, pues los tres diestros que la componían no han sido capaces de lograr nada parecido en sus demás corridas de la temporada, toreando juntos o separados. Si además reparamos en que la simultánea feria de Bilbao no ha registrado un lleno completo en todo el serial, pese a acudir a ella los toreros más acreditados del momento, encontramos el primer contrapunto tomasista: José Tomás es el único diestro capaz de concitar el interés de los aficionados –que mueven Roma con Santiago para ir a verlo e incluso pagan abonos enteros para asegurar la entrada del día que torea– hasta el punto de lograr que las plazas en que se anuncia se queden chicas, incómodas e insuficientes. También La Malagueta.

 La clave del nomadeo, del peregrinaje de tanto aficionado militante, de esa congregación de amantes del toreo que se dan cita allá donde él torea, es el fruto de una carrera llena de entrega y pundonor, de toreo al más alto nivel de pureza y de magia…, de esa magia que la tauromaquia oculta esperando la voluntad artística, la sensibilidad estética, capaz de descorrer sus secretos hasta mostrarla directamente al corazón. Son muchos años, muchas corridas, muchos toros, superando siempre las expectativas más exigentes de los aficionados. Son muchos paseíllos sin que ni en uno sólo deje de estar a la altura de los sueños, como para que la gente no acuda en masa imantada a cualquiera de sus convocatorias. De ahí sus llenos incontestables.

José Tomás es también el contrapunto del toreo actual, ese toreo escondido “para ligar mejor”, dicen los que lo practican; para ligar “con ventaja”, puntualizo yo. Todo el que pudo verlo sobre la arena de La Malagueta, comprobó cómo se puede ligar el toreo dándole el pecho a los toros, sin necesidad de enmendar el terreno, girando simplemente sobre la pierna del cite como eje inconmovible de su verdad valiente, y poniendo siempre las ingles por delante.

Si lo pensamos bien, el toreo son historias que los toreros cuentan cada uno a su manera. José Tomás las sueña, las canta, las recita sin máscaras ni afeites con una honestidad sin precedentes. En Málaga, nos enseñó cómo parar el tiempo: en el toro de Victoriano del Río, con la mano derecha, logrando con su temple llevar al astado más allá de sí mismo; en el de Parladé que cerró plaza, toreando con la zurda con la estremecedora naturalidad de un elegido. He aquí un nuevo contrapunto: frente al temple que se adapta al ritmo que trae el toro, este temple de José Tomás obliga a los bureles a ponerse al ritmo sonambúlico con que mece las telas hasta convertir el toreo en caricia.

     Más allá de las tres orejas –que pudieron ser cuatro de no pinchar al cuarto–, Málaga contempló al José Tomás de talla excepcional; al contrapunto de la mentira; al que logra que toda la tergiversación de la realidad, muera en la verdad candente de la arena. Ahí acaban las maledicencias, los bulos, los engaños; ahí se vive y se contempla la verdadera historia del hombre que ha logrado elevar al toreo a lo más alto.

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