LA SUERTE ESTÁ… ¿ADULTERADA?

El compromiso de Canal Sur con la fiesta de los toros viene de largo y es tan patente como encomiable. Su labor, un año tras otro, como patrocinadora del ciclo de novilladas de las Escuelas Taurinas Andaluzas debe ser reconocido, aplaudido y exaltado por su contribución al fomento de la Fiesta y al descubrimiento de nuevos valores; labor ésta de indudable importancia, máxime en los tiempos que corren.

En la presente edición del ciclo, las habituales retransmisiones televisivas de los festejos se vincularon a un nuevo programa titulado “La suerte está echada”, especie de talent show emitido en la cadena autonómica los jueves a las diez de la noche. Sin cuestionar la buena voluntad de su director, Enrique Romero, aunque sin entender que en el jurado examinador, junto a éste y a Jesulín, figurara María del Monte –¿Se imaginan a El Fandi en el jurado de “Se llama copla”?–, la injerencia de los intereses televisivos en los puramente taurinos  han venido a desembocar en el despropósito de decidir, en el plató y como cierre del programa, el ganador de la final celebrada en el coso de Belmez… ¡cinco días antes!

Lo que en la plaza se gana, en la plaza debe recogerse. Y al término de la novillada, como se había hecho siempre. Así se hubieran ahorrado cinco días de presiones, intrigas y maulerías del taurinismo pícaro y el bochorno de haber cometido una doble injusticia difícilmente justificable.

Si la decisión se hubiese tomado en la plaza, el ganador del ciclo hubiera sido, sin ninguna duda, por las razones expuestas en mi anterior artículo –y no soy yo el que hablo, sino cuantos profesionales y aficionados desinteresados consulté sobre la cuestión–, el limeño Joaquín Galdós.

La primera injusticia, pues, es el daño moral que se le ocasiona al privar del merecido premio a quien tan a ley se lo ganó en el ruedo. Y hablo taxativamente porque no hay punto de vista taurino que siquiera pueda poner en duda esta afirmación.

La segunda injusticia es engañar a un muchacho con aspiraciones como Jesús Álvarez, haciéndole creer que ha ganado lo que no ganó. Si se lo cree, el daño será aún mayor, pues seguirá su camino guiándose por una brújula equivocada. Y no crean que deseo hacerle daño. Al revés: lo que no quiero es que lo equivoquen. Y tampoco, no salir al paso de la injusticia cometida con el novillero peruano, callándome.

Así las cosas, José Cutiño lo tiene fácil: como ha contratado para la feria a Galdós y tiene que poner a Álvarez, pues era parte del premio, anuncie a ambos mano a mano en La Malagueta; así, ante los novillos y en el ruedo –sin otro jurado que el público– podrán ambos exponer sus razones y decidir quién es el mejor.

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