MAGICO, JOSE TOMAS

Cuando se dobla la esquina de la técnica, y el valor es un paisaje conocido lleno de alondras y prodigios; cuando el toreo al uso queda atrás jadeante, difuminado en una niebla oscurecida y sorda; cuando el asombro se enciende y se encabrita y se burla de cualquier silogismo; cuando el ruido se doblega a la música y se vuelve un inmenso estuario de palabras hermosas que elevan su discurso al de himno engrandecido; cuando el torear se alza a ras de sueño y nos agita las voces y los huesos, y hace trizas el tiempo cotidiano y demuestra, sin un solo teorema, que es un llanto sin párpados ni lágrimas, y un sortilegio capaz de transmutar galernas en suspiros, y se abraza en su felicidad de cuerno y seda como una epifanía a los milagros. Cuando se llega a ese punto fatal y sin retorno donde cada pase se torna puro verso, y las tandas estrofas de un alma conmovida, y la faena un poema que ha escondido su épica para mostrar al mundo su resplandor de lírica. Cuando todo eso ocurre y, de pronto, caes en la conciencia de estar en plena Malagueta, mecido en los aullidos asombrados que echan al viento miles de gargantas gozosas y transidas de agudas emociones, es que el toreo se ha convertido en magia, y el torero en un oficiante venido del arte más secreto, de la constelación más luminosa, para expulsar en luz toda la muerte, para hacer germinar toda la vida; para expresar con voz firme y serena que ni el árbol se cae ni la sangre se para ni el manantial se seca; para ratificar que el toreo nos seguirá alumbrando con sus soles y lunas más allá de esta noche de tambores de guerra. Nos lo ha dejado tatuado en la esperanza, el profeta más sabio del planeta de Tauro, el torero más grande: José Tomás Román Martín.

     Bendita sea la plaza capaz de acoger revelación tan pura entre un toro y un hombre. Un hombre –rosa pálido y oro– capaz de convertir el toreo en caricia, domando el fuego de las embestidas para componer con ellas la más dulce canción de tauromaquia. ¿Cuándo volverá Málaga a ver torear de esa manera? ¿Qué otro palpitar de alamares sería capaz de estar al nivel de su pureza, de su toreo de seda, de su autenticidad, de poseer el secreto del temple que él posee? José Tomás fue único, es único y seguirá siendo único porque la volatería de pájaros que le pueblan el alma, la valentía que aroma sus esencias, la profecía que duerme en su misterio, no tienen compañera en ninguna montera conocida pretérita o presente. Mil veces lo tiene demostrado, mil veces lo hemos visto y, sin embargo, el milagro vuelve a sobrecogernos cada vez que torna a repetirse, como en este 23 de agosto en el coso de Málaga, tal que fuera la primera vez: pureza virginal que nos desborda la razón y la lógica y nos hace sentir escalofríos y esa emoción inmensa de lo que es prodigioso y verdadero.

     ¡Salve, José Tomás! Señor de las arenas, alma de nieve, encantador de toros y de mitos, esperanza de fuego, flor de agua. Cuando escribo estas líneas me sigues toreando en la memoria para que yo me aferre a los recuerdos que dejaste trazados en esos naturales dibujados en la piel de la arena, largos, hondos, profundos, interminables, mágicos, imposibles, poéticos; en la filosofía seria y cabal de cuatro chicuelinas, ajustadas, milimétricas, acariciantes, únicas; con tu toreo en redondo llevando al más allá las embestidas, logrando con tu quiero que el toro pudiese lo que ya no podía.

     Torero: me quedo con tu brisa y tu arte, tu valor inaudito, tu verdad indomable y esa palidez de espectro que se asoma a tu cara para contarme, en su mudo discurso, lo mucho que te cuesta el parto de tu arte para hacernos soñar con tu toreo. Y al que mire la tierra y no vea más que tierra, le buscamos un perro lazarillo. Qué le vamos a hacer. Mejor nos quedamos con esa señora que al terminar la corrida de Málaga protestaba en su entusiasmo: ¡Más toros, quiero más toros. Se me ha hecho corta la corrida! ¡Quiero seguir viendo a José Tomás!…

Igual que todos los que estuvimos en La Malagueta. Se lo aseguro.

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