TOROS EN GOR

 Gor es un pueblecito granadino cercano al millar de habitantes, que presume de tener los encierros más antiguos de España –datados están ya en 1622– y que cuenta con una plaza de toros –enclavada en lo que fuera antiguo palacio del duque de Gor–, que es una auténtica preciosidad.

 En su diminuto y bien cuidado ruedo, se celebra desde hace doce años un certamen de novilladas sin picadores capaz de concitar la atención de los aficionados de dentro y fuera del lugar al anunciar la flor y nata del escalafón más inferior. Sin ir más lejos, en la de este año, aparecían, entre otros, los nombres de Pablo Aguado –triunfador del ciclo de novilladas sin caballos en Sevilla–, Joaquín Galdós y Jesús Álvarez –finalista y ganador del ciclo de las novilladas de las Escuelas Taurinas de Andalucía–, e Ignacio Bonmati –participante clasificado del ciclo de novilladas ahora en curso organizado por Canal plus–, así como en la edición anterior lo hicieron Andrés Roca Rey y Ginés Marín, que ahora ya andan toreando lucidamente con picadores.

 Sin embargo, lo más interesante del ciclo goreño –dos novilladas clasificatorias y una final en la que intervienen mano a mano los dos mejores clasificados en las anteriores, con el trofeo de la “Almendra de plata” en disputa– es la forma popular de organizar y gestionar el ciclo, pues en ninguno de estos dos aspectos intervienen taurinos profesionales, sino una comisión de aproximadamente un centenar de vecinos que, con la colaboración del Ayuntamiento, además de llevar el peso de la organización de los encierros, la traída de los novillos –que se hace a pie, con caballos, perros y cabestros, a través de la sierra– y la contratación de los novilleros actuantes, contribuyen a sufragar los gastos del evento pagando un precio especial de 185 euros por socio –cuando el abono de los adultos vale 49 euros y el de los niños, 25– que les da derecho a un número de entradas y a diez kilos de carne de los novillos que se maten, repartidos democráticamente en lotes pariguales.

El sistema parece funcionarles bien, sin intermediarios que antepongan sus intereses particulares a los del pueblo y de la propia Fiesta, la cual encuentra en este tipo de espectáculos el venero idóneo para promocionar nuevos valores y alimentar la ilusión de quienes amamos el toreo.

Incluso en el apartado económico, las cuentas –que se hacen públicas una vez finalizadas las fiestas– parecen cuadrar positivamente. Las del pasado año, arrojaron unos gastos de 45.178 euros, y unos ingresos –repartidos entre lo recaudado en taquillas, el remanente del año anterior, los abonos, los anunciantes de los carteles, la aportación de los socios, la subvención del Ayuntamiento, la venta de lotería y de las vaquillas que se corren al término de cada festejo para los aficionados– cifrados en 45.258 euros, lo que arroja unas ganancias de 80 euros, que se han dejado de remanente para el ciclo de este año.

A la vista de estos resultados, no es precisamente el afán de lucro lo que mueve a los organizadores. Sin embargo, las ganancias que de ese trabajo obtiene el pueblo –sin toros, no se concebirían las fiestas patronales en honor de San Cayetano– y la Fiesta son inmensas, por no hablar también de la esperanza que generan en esta última, pues, mientras existan aficionados comprometidos de manera tan entusiasta y desinteresada como los de Gor, y cunda su ejemplo, el futuro de la fiesta de los toros parece felizmente asegurado.

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