LA BELLEZA DE LA SANGRE BRAVA

Asistí el pasado sábado, en calidad de jurado, a la novillada concurso de ganaderías con que el hoy empresario y ayer destacado banderillero, Carmelo, ponía punto final a la temporada en Sanlúcar de Barrameda. Una novillada entretenida, con reses manejables en distinto grado y tres muchachos locales cuyas ilusiones fueron sacadas a hombros al final de la misma.

Lo verdaderamente memorable, sin embargo, ocurrió en la suerte de varas del quinto novillo de la tarde; un precioso utrero colorado, bociblanco y ojo de perdiz, herrado con el número 47 y el pial de Torrestrella, que atendía por “Pocasganas”, el cual, haciendo desprecio de su nombre, se arrancó hasta… ¡cuatro veces! al caballo; las dos últimas desde el otro extremo de la plaza en que se encontraban caballo y picador. Ver a “Pocasganas”, después de pensárselo un poquito en su seria fijeza, obedecer al cite del piquero y arrancarse galopando con ritmo, fijo en su presa y resuelto a estrellarse contra el peto, fue un espectáculo realmente maravilloso.

¡Qué hermosa armonía cuando un toro galopa con ese compás sereno que recuerda el oleaje verde de los trigos mecidos por la brisa! Y qué demostración tan plástica de lo que han llegado a conseguir los ganaderos –en este caso, Álvaro Domecq– a través de la selección cultural con que han ido separando al toro de lidia de la rusticidad de la Naturaleza, para convertirlo en un exquisito manantial de bravura, que no es término biológico –¡ojo!–, sino taurómaco.

De pronto, la suerte de varas, tan criticada, tan denostada, tan postergada, se hizo la reina de la tarde. Todos los aficionados que nos dimos cita en el coso de El Pino experimentamos la gratificante emoción de presenciar, de sentir, de paladear, una suerte que la bravura manifestada en la sangre que corría por el lomo de “Pocasganas” había convertido en un bello y grandioso espectáculo. La última vara, sobre todo –después de haberse arrancado en la tercera desde el otro extremo del ruedo–, fue extraordinaria. Yo creí que estaban exigiendo demasiado al novillo y colocarlo de nuevo en suerte tan lejísimo era un error porque no iba a acudir. Me equivoqué. El utrero volvió a encampanarse muy serio, muy fijo en el piquero que, esta vez, para no castigarlo en demasía, lo citaba con el regatón simulando la suerte, mientras nos deleitaba moviendo el caballo camperamente hacia adelante y atrás, en tanto que esa voz gastada de vaguadas y cerros, aquerenciada en cerrados y mugidos, echaba al aire el desafío para que la casta acudiera a la cita del brazo que la llamaba alzando el palo.

Cuando el utrero abandonó su inmovilidad y se arrancó de nuevo galopando para estrellarse por cuarta vez en el caballo, la plaza fue un clamor y yo sentí en el alma una felicidad que jamás podrán entender quienes sólo ven en esa suerte un acto de “maltrato” animal. Ni que decir tiene que “Pocasganas” se llevó el premio; aunque los premiados fuimos quienes pudimos disfrutar de ver a un toro bravo, no defendiéndose de alguien que lo atacara, sino acudiendo a pelear por el mandato de su sangre brava; esa que lo hace valiente, temible y distinto a todos los bovinos que no son de su raza.

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