¡¡MILITANCIA YA!!

Partamos de dos premisas:

 1ª) Los antitaurinos tienen todo el derecho del mundo a detestar las corridas de toros.

  2ª) Los antitaurinos no tienen ningún derecho a tratar de abolirlas ni a insultar ni atacar a quienes vamos a ellas.

Una vez sentados estos principios, y ante la radicalización de las manifestaciones antitaurinas, con actuaciones violentas ocurridas en Francia y en España –recientemente las de Algemesí–, es nuestro deber de aficionados pasar a una militancia activa no sólo en favor del toreo, sino en contra del animalismo que lo ataca. De aficionados pasivos, hemos de pasar a activos militantes. No queda otra.

Lejos de constituir un grupo de personas sensibles y biempensantes, como presumen, los animalistas se han convertido en verdaderos fanáticos y, como tales, en gente peligrosa. La acusación no es gratuita. Hay tres componentes básicos en todo fanatismo: la ignorancia, el dogmatismo y la violencia. De los tres en distinto grado, participan los taurófobos. Ignorancia: porque no tienen ni idea de qué es una corrida de toros, de la lidia que la sustenta y del toro, ese al que dicen defender acercándolo a su extinción.

Dogmatismo: porque se basan en consignas y tópicos –la tortura no es cultura, etc.– que enarbolan como principios indiscutibles a partir de los cuales no hacen otra cosa que condenar todo aquello relacionado con la tauromaquia, sin entrar en el mínimo análisis ni en matizaciones de ningún género; a saber: el toreo les parece horrible y hay que eliminarlo.

Eso es todo. En cuanto a la violencia, muestras hay a lo largo y ancho de la geografía taurina, tanto en Francia como en España; hechos que cada vez son más frecuentes, a medida que crece la radicalización de estos grupúsculos. Tal vez, el atentado más criminal en este sentido fue el incendio de la casa del crítico taurino André Viard, cuando toda su familia dormía dentro, a finales de julio de 2011, por parte de un grupo de salvajes antitaurinos, al parecer pertenecientes al autodenominado Frente de Liberación de Animales.

Una prueba más de que, bajo el disfraz de defensor de los animales, late un odio visceral hacia el hombre. El Animalismo es un antihumanismo y así hay que desenmascararlo.

     Hablan de libertad, pero se erigen en dictadores. Están en contra de cualquier censura, pero se arrogan el ejercerla sobre el toreo. Organizados internacionalmente y subvencionados no sabemos por quién, sus métodos y actitudes los acercan cada vez más al fascismo. Están infiltrados en los medios de comunicación, en los partidos políticos y tratan de jugar un papel progresista que, como los nacionalismos, no resistiría el menor de los análisis. Hablan de derechos de los animales –que no existen–, pero se olvidan de los derechos del hombre. Les conmueve más un gatito o un perrito que un mendigo tirado en la calle. Son pocos, pero forman mucho jaleo. Porque son militantes. Nosotros también hemos de serlo.

Sin violencia, pero con firmeza. Y el Ministerio del Interior español debería aprender de Francia y prohibir las manifestaciones antitaurinas a menos de 400 metros de las plazas de toros. De lo contrario, el día menos pensado vamos a tener un trueno y gordo.

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