RECORDANDO A REVERTE

A punta de capote del calendario, y con motivo de conmemorarse hoy martes, 16 de septiembre, el ciento veintitrés aniversario de su alternativa, traigo aquí la remembranza de un torero que convulsionó en su tiempo el cotarro taurino conquistando a los públicos de España y Francia con su valor fuera de lo común, sus alardes, su tranquilidad para ver llegar los toros, su descaro ante las reses, su desprecio a la vida y una forma de manejar la capa que hizo inigualables sus recortes capote al brazo.

Hablo de un muchacho nacido en el pueblo sevillano de Alcalá del Río, que irrumpió en la Fiesta de una manera súbita, excitando la curiosidad y el interés de los aficionados y alimentando la discusión y la polémica, como todo aquel que rompe con las reglas habituales del arte en que se encuadra. Un muchacho al que bastaba entrar en contacto con el toro para ganarse las simpatías del público y que, en dos temporadas, se convirtió en un ídolo de masas al tiempo que torero más taquillero de su época. Hablo de aquel cuya novia, según el cancionero popular, tenía un pañuelo con cuatro picadores y él en medio: Antonio Reverte.

Su manera de acudir a la ceremonia de la alternativa, que tomó nada menos que en la plaza de Madrid, en un mano a mano con su padrino Guerrita, ilustra claramente su vergüenza torera, su pundonor y el desprecio que su corazón noble sentía por las cornadas y percances. Precisamente, un mes antes del doctorado, un toro de Miura lo corneaba en un muslo en Jerez de la Frontera. Todavía con la herida abierta, volvió a vestir de luces, el 3 de septiembre de aquel 1891, en Palencia, con la mala fortuna de resultar gravemente herido de nuevo, por un astado salmantino de Vallés, que lo volteó cuando intentaba torearlo capote al brazo infiriéndole cuatro heridas: dos cornadas en el muslo izquierdo, un puntazo en el escroto y otro en el pecho; percance que le impidió tomar el doctorado el 8 de septiembre como estaba previsto, retrasándolo ocho fechas más.

Cuando llegó la hora de la ceremonia, a Reverte se hizo necesario abrirle la taleguilla porque no le encajaba con los apósitos y ligaduras que llevaba en las heridas, y así, con ella atada con cintas, salió al ruedo de Madrid a hacerse matador de toros, a cumplir con su obligación matando los tres bureles que le habían correspondido y a sacar su cartel tan intacto como su fama de valiente, si bien sus condiciones físicas no le dejaron alcanzar el triunfo que perseguía.

Entre éxitos, sinsabores y puntos de sutura, continuó su carrera hasta que en Bayona, el 3 de septiembre –otro 3 de septiembre– de 1899, el toro “Grillito”, de Ibarra, herido de muerte de una certera estocada, lo sorprendió arrodillado para pegarle una tremenda cornada que a punto estuvo de costarle la pierna, pero que, aunque siguió toreando, acabó irremisiblemente con su vida torera.

Permítanme aquí rescatar del olvido su memoria, animando a los aficionados a bucear en su romántica y magnifica andadura.

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