UN BRAVO ZACATECANO

Regreso de la Feria de Zacatecas (México) con la bravura de un toro zacatecano de pura cepa, marcado con le hierro de Pozo Hondo, que estremece todavía mi memoria. Era precioso de hechuras, fino de cabos, suvemente ensillado, armónico de arboladura y de capa salinera. Fue pronto, con elegante galope al caballo, y recargó hasta estrellar al jamelgo contra las tablas. A los banderilleros acudió con fijeza y alegría.

Y en la muleta era un rio desbordante de bravura y nobleza. De lejos, de cerca, en distintos terrenos, respondió con la misma clase y codicia: embestidas largas, humilladas, con respuestas de milemétrico calibre a las ordenes de su matador, que lo obligaba a dibujar “ochos” para ligar muletazos de frente y de espaldas, ensamblados bajo el más puro canon ojedista. Nunca rehuyó la pelea y sus viajes tuvieron la misma profundidad, idéntica largura, similar compás al principio y al final de la faena. Le pidieron el indulto, pero el presidente no lo concedió. Lamentable. Su matador, Arturo Macías, estuvo a la altura del sensacional bravo. De haberlo matado a la primera, habría conseguido los máximos trofeos.

Se lidió en la segunda corrida de las tres que ví –Zacatecas es una feria que se celebra en tres fines de semana consecutivos-, las otras dos no me interesaron. Por la generalizada falta de raza de los bovinos, por la falta de verdadera entrega de los espadas y por la monotonía que adormecía la lidia. Mas para ser justo, he destacar el profundo, desgarrado arte de Jerónimo con capote y muleta, y el cabal fondo torero que advertí en Fermín Rivera, a quien correspondió un lote áspero y mansurrón.

Hice más de diez mil kilómetros para dar una charla sobre la edad de oro del toreo mexicano, en el marco de la programación cultural de alto nivel que caracteriza a esta feria, y para ver la lidia y muerte de un toro bravo. Mereció la pena.

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