ANALISIS FERIA DE OTONO MADRID

Novilleros sin futuro

La novillada que envió Fuente Ymbro a Madrid fue una corrida de toros grandota de plaza de segunda. No muy ofensiva de pitones, pero sí bastota. Salió mansa y desrrazada. Aunque noble y muy apta para el triunfo, Al menos con los toros 1o, 4o, 5o y, por supuesto, el 6o si no lo hubieran destrozado en la primera vara. ¿Por qué no triunfaron los jóvenes espadas? Gonzalo Caballero porque adoleció de falsa entrega, nunca dejó puesta la muleta entre pase y pase -donde radica el auténtico riesgo del toreo- y prefirió dar los muletazos cruzándose, uno a uno, en vez de ligarlos: Borja Jimenez porque carece de arte y personalidad y se pasa las embestidas muy lejos; y Francisco José Espada porque no se puede andar aseado después de que el picador te haya matado al toro. Muchos son los llamados y pocos los elegidos.

Gran desastre de los “Cuvillos”

Grandotes, cornalones por lo general, desiguales de tipo, entumecidos de patas y remos, la inestabilidad de los toros de Núñez del Cuvillo transformó la corrida en escándalo. Cuatro se expulsaron en el ruedo y fueron sustituidos por uno de Juan Pedro Domecq, bravo, otro de Bohórquez, desechado con furor porque era cornicorto, uno más de El Torero, bravísimo y con clase, y finalmente, uno de El Risco, que dio juego.

Pero la gente no estaba para matices. Con Finito de Córdoba se enfadó porque anduvo por allí, voluntarioso, tirando líneas y yéndose a Cartagena a la hora de matar. A Iván Fandiño no le quisieron ver, dejaron que el 7 le indicara soezmente cómo tenía que torear. Y a Daniel Luque, entre la indiferencia y la censura, no le permitieron que se hiciera con la embestida arrítmica de sus toros, no fuera a irse feliz de la plaza. Total, un desastre para la afición, una satisfacción para el regeneracionismo del 7 y una derrota para la Fiesta.

Casi triunfó Miguel Abellán

Tuvo el triunfo en las manos. En su primero habría cortado una oreja si la muerte del toro no hubiera sido tan lenta y en el tercero, las dos, si hubiera matado bien. Una buena faena inicial a un toro de la Ventana del Puerto (encaste Domecq) y un faenón al tercero, de Puerto de San Lorenzo (encaste Atanasio), habrían disparado la corrida hacia el cielo con tres orejas para Abellán. Pero los premios perdidos vaciaron el ánimo y la mente del espada, que debió triunfar con el sexto y, tal vez, con el quinto. Tras el bajón paulatino del espada, el tendido 7 se fue creciendo, insoportable, y la gente, de dulce, mantuvo su adhesión al torero. La corrida del señor Fraile, buena en términos generales y con un toro excepcional, “Burganero”, no 118, negro, de 572 kilos, que pasará a los anales de la plaza. Conclusión: ser en el toreo es algo más que ser un buen torero.

Diego Urdiales tiene el don del toreo

Cuando se cogen los utensilios de torear exactamente como hay que cogerlos, cuando los cites son perfectos, los terrenos apropiados y cuando, además, se tiene un trazo torerísimo y un temple perfumado, es que el torero lo es de nacimiento. Diego Urdiales tiene ese don y mientras las empresas no le pongan en las ferias como merece y lo saquen de las llamadas corridas duras, la afición se estará perdiendo a una gran figura del toreo. Una pena que se descordinara su segundo toro, habría abierto la Puerta Grande. Su sustituto, un armario manso de solemnidad de Puerto de San Lorenzo, no tuvo un pase.

A Uceda Leal le ví friote y correcto con su primero y despachó a su segundo, manso y peligroso, con la brevedad que merecía. Absurdo que la gente aplaudiera al animal. Cerró la tarde Serafín Marín, quien como Urdiales cortó oreja. Fue en el sexto, noble y con clase. Curiosamente descubrió sus virtudes y se impuso después de que el magnífico toro le diera una voltereta. De la tarde y de la feria quedó el asolerado recuerdo del toreo de Urdiales.

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