ROBERTO DOMÍNGUEZ

Ser y estar. Primero, enfundando el vestido de luces; después, ejerciendo su magisterio como comentarista taurino y, por último, conjugando de manera ejemplar esa doble vertiente de gestor administrativo y hombre de confianza en labores de apoderamiento de El Juli.

Vistiendo el traje de oro, supo desembarazarse del torero para llegar a ser el torero que quería. Cambiar de perspectiva fue su acierto. Alejarse de España, de los ruedos, para reflexionar en la distancia y volver a afrontar la aventura del toreo con una claridad de ideas y una madurez humana que le permitieron encaramarse a los primeros puestos del escalafón y ser un nombre imprescindible en las principales ferias del orbe taurino.

Como comentarista en las retransmisiones taurinas de Vía Digital, junto a Fernando Fernández Román, jugó las bazas de su cultura, su elocuencia, su verbo ágil y didáctico y sus conocimientos taurómacos para coordinar a la perfección mesura y crítica y ganarse un prestigio periodístico que ningún otro torero ha conseguido aún.

Dejó el micrófono para dedicarse al apoderamiento, atendiendo al llamado de El Juli, aunque marcando sus propias reglas: “Tu padre al tendido y sin interferencias. Solos tú y yo.” Y así comenzaron el tándem en aquella temporada del 2004 donde el torero encontró en él al amigo exigente y leal que iba a dejar profunda huella en sus modos taurinos. Aquel aforismo que a él le sirviera como matador –“Para ser mucho hay que exigirse mucho”–, fue aplicado inflexiblemente para que Julián lograra sacar lo mejor de sí mismo. Depuración del toreo, eliminación del tercio de banderillas, y profundización en el concepto torero que El Juli deseaba, con todo el trabajo de campo, de conversación, de entrenamiento, de consejos, que ello conlleva, convirtieron a Roberto en una figura imprescindible para entender la evolución taurina de Julián.

Tampoco dudó el vallisoletano a la hora de defender los intereses de su torero en los despachos. Flexible y educado, no evitó poner sus cartas sobre la mesa cuando creyó que el trato empresarial no era el adecuado. Tampoco se mordió la lengua cuando tuvo que hablar claro y poner a cada uno en su sitio, como ocurrió con el afaire Canorea.

Ahora –y anunciado con inusual anticipación– el tándem Domínguez y El Juli se ha roto. Desencuentros del torero con Francia después de la catastrófica miurada de Nimes y con Herrerías en México, hacían planear agoreros presagios sobre el futuro de la relación; no obstante, intuyo que es el veto de Sevilla lo que ha inclinado la balanza hacia el platillo de la separación, dado que la entrada de El Juli en la casa Lozano de manos de Luisma hace prever un deseo de pasar página a los conflictos, a desprecio de tener que desdecirse de sus propias manifestaciones –reiteradas en el caso de Sevilla– de no pisar más La Maestranza mientras los actuales empresarios siguieran en ella.

No me veo yo a Roberto Domínguez secundando estos planes y teniendo que dar la cara a Eduardo Canorea y Ramón Valencia para negociar la contratación del torero. Para un hombre serio y de palabra como es Roberto, con un sentido profundo de la dignidad, tal propuesta sería como invitarlo a marcharse. Y con buen criterio, por esta causa u otras, eso ha hecho.

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