27 DE NOVIEMBRE

Qué fecha tan poco taurina, dirán ustedes. Y sin embargo, si rebajamos 173 almanaques al año actual, en una casa humilde del cordobés Campo de la Merced; una casa torera, como casi todas las de aquel barrio, un día como el indicado venía al mundo un niño que habría de dejar grabado con letras de oro y brillantes su nombre en los anales de la Tauromaquia.

Su padre era un modesto banderillero llamado Manuel y apodado “Niño de Dios” y había contraído nupcias el año anterior con María Sánchez Gómez, la madre de la criatura y hermana de los “Poleo” –José y Rafael–, que hicieron opacos pinitos novilleriles, y del banderillero Francisco Sánchez,” Bebe”.

Al niño le pusieron de nombre Rafael, aunque tan precoz fue su agilidad para escalar y saltar las tapias del matadero que, a los nueve años, cuando por vez primera entra a formar parte de una cuadrilla de jóvenes cordobeses para intervenir como banderillero en la lidia de un becerro de don Rafael José Barbero, ya luce en los carteles el mote al que se había hecho acreedor y que llevará como apodo a la más alta fama: ¡¡¡Lagartijo!!!

Nadie habrá de cuestionar que Rafael Molina Sánchez ha sido uno de los toreros más grandes de toda la historia del toreo. Desde su alternativa en Úbeda, concedida por Antonio Carmona, El Gordito –a cuyas órdenes había figurado como banderillero–, el 29 de septiembre de 1865, hasta su retirada definitiva, el 1 de junio de 1893, en Madrid, participó en 1.632 corridas, de las que 404 se celebraron en la capital de España. Fueron, pues, casi tres décadas paseando su nombre por las más altas cimas del escalafón; en particular, durante los veintidós años que mantuvo su competencia –la más larga de la historia– con otro de los astros más rutilantes de la tauromaquia: Salvador Sánchez, Frascuelo. Entre los dos, protagonizaron la que para algunos fue la primera “Edad de oro del toreo”. Nunca como entonces se inauguraron tal número de plazas ni anteriormente el toreo había escindido España de esa forma. Después, sólo la rivalidad de Joselito y Belmonte conseguiría una confrontación y un clima parecidos.

A Lagartijo le “concedió” Mariano de Cavia –nombre egregio del mundo periodístico– el rango de Califa I del toreo; aunque por el porte, por sus líneas varoniles de patricio romano, más le hubiera convenido el de César. Tuvo Rafael Molina un garbo y un donaire y una forma de manejar los trastos, que le convirtieron en el torero más elegante de todo el siglo XIX. Puso sello propio a todo lo que hizo, particularmente a sus largas cordobesas y a aquellas medias estocadas tan letales como genuinas, que serían bautizadas “medias lagartijeras”. Mas, si en los ruedos fue Lagartijo el Grande, grande fue también como hombre en la calle; en particular por sus rasgos más sobresalientes: su caritativo desprendimiento y su generosidad sin límites.

Rafael Molina falleció el 1 de agosto de 1900 y su muerte logró unir en duelo a aquella España que su arte, junto al de Frascuelo, había mantenido desgajada en dos facciones irreconciliables.

Cincuenta y nueve años antes, aquel 27 de noviembre en que Rafael llenó su casa de gozo con su primer llanto de vida, nada de esto se sabía, pues nada está escrito hasta que cada cual hace su historia.

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