FLORENCIO CASADO, EL HENCHO

Martes, 28 de octubre. El mismo día en que fallecía José María Manzanares, exhalaba el último suspiro en su Córdoba natal Florencio Casado Morales, conocido con galón de alternativa con el apodo que heredó de su abuelo piconero: El Hencho.

Su muerte venía a ser una especie de metáfora de su vida torera, asombrajada siempre por las luces rutilantes de otros matadores que tuvieron la fortuna y el acierto de gustar mieles de más brillo y glamour. No obstante, El Hencho, auténtico gladiador de los ruedos, acuñó méritos para tener bien honrada su memoria, y a ello dedico estas humildes palabras que pretenden proporcionarle una mínima cuota de actualidad y recuerdo, cuando todas las plumas y micrófonos se vuelcan hacia el otro ídolo caído.

Nació Florencio en la plaza de la Lagunilla, allí donde un Manolete niño había fantaseado jugando al toro y en cuyo busto se detendrían los ojos infantiles de Florencio quién sabe si buscando la semilla benditamente loca que le llevaría a la aventura de las capeas, y a poblar sus sueños de alamares, aplausos y triunfos. Aún no había cumplido los diecinueve años, cuando hizo su primer paseíllo, en el ruedo comprovinciano de Priego, para estoquear reses de Amián Cosme junto a Juan Montoro.

Dos años después, el 14 de agosto de 1966, debutó con caballos en el coso de Montoro para que comenzara a gustar la hiel y la miel de la profesión elegida: a su compañero Juan Cabello, El Brujo, lo corneó el primero de la suelta al entrar a matar y El Hencho se vio obligado a pasaportar los cuatro astados de Bernardino Jiménez que estaban anunciados. El resultado dio alas a la esperanza de sus seguidores: cuatro orejas y un rabo.

Era el inicio de una andadura que le llevaría a tomar la alternativa en el coso de Los Califas el 1 de junio de 1969, de manos de Zurito y en presencia de Fernando Tortosa –cartel muy cordobés– con singular éxito, pues salió a hombros después de cortar tres orejas y un rabo del boyante encierro enviado por el ganadero huelvano Gerardo Ortega.

El Hencho fue un torero sobre todo del verano de Madrid, plaza en la que actuó una tarde de novillero y veintidós de matador de toros, tumbando zamacucos de los hierros más duros y logrando en ellas dos puertas grandes: la del 9 de mayo de 1971, tras cortar tres orejas a reses de Carreros, junto a Bernadó y Juan Carlos Beca Belmonte, y la del 18 de agosto de 1974, al arrancarle, en presencia de Luis Segura y Óscar Cruz, las dos orejas a “Fundador” un toro de Ortigao Costa que embistió a ráfagas y con peligro.

Otra efeméride singularmente memorable resplandece en su historial: la tarde que salió por la Puerta del Príncipe de Sevilla tras obtener dos orejas a un encierro de Miura. Esta fecha –19 de abril de 1970– contempla la última vez que los tres matadores actuantes –con el Hencho, Limeño y Palomo Linares– salieron de esa guisa de La Maestranza.

El Hencho fue un torero honrado y valiente no exento de cierta clase, cuyo oficio se cimentó en batallas a sangre y fuego. Se ganó el respeto de sus compañeros, y el público –sobre todo el madrileño– le guardó la consideración que mereció su esfuerzo. Ahora descansa en paz, y su pérdida remueve en mi memoria un carrusel de recuerdos que toman el rostro de Chanito, Rafael Torres, José Falcón, Ricardo Chibanga, Raúl Sánchez, Pepe Mata, El Paquiro, Calatraveño, Sánchez Bejarano, Ricardo de Fabra y tantos otros integrantes de aquellos carteles, hoy ya de antigua seda.

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