JOSE MARIA MANZANARES, ARTISTA DEL TEMPLE

¿Qué deja en mi memoria el toreo de José María Manzanares? Ante todo, el temple, esa despaciosidad  que sólo se consigue cuando el toro ha sido embarcado antes de que meta la cara en el engaño, ese toreo obligado que imprime la línea curva a la embestida recta del toro, único medio de atemperar su prisa, ese valor que permite al diestro conducir dicha embestida, verla al mismo tiempo, y complacerse en ella.

Sólo es posible sentir el toreo cuando el torero se desdobla y es actor y espectador de sí mismo y de su partenaire, con el que torea. El valor de torear está lejos del alarde, únicamente es verdadero cuando sirve para torear con temple.

Manzanares lo tenía porque era muy buen torero. Le servía para no adoptar jamás una sola pose actoral. Para estar en el ruedo con la misma naturalidad que en la calle. Para que su mirada se iluminara de inteligencia cuando veía al toro y descubría sus virtudes o sus carencias, cuando después lo toreaba o bregaba y convertía a sus subalternos en cómplices de la lidia. Cuando escuchaba, sin que se le notara, al público. Para lo bueno y para lo malo, tanto si el toro servía para torear como si no se prestaba y era sólo él quien lo veía.

Esa naturalidad, y ese saber que su estar y pasar dejaba en el ruedo el aroma de su presencia, y en el toreo la huella de su sentir, contaba con el apoyo de su figura, algo importante en un torero, cuyo cuerpo es el instrumento de su arte. Si, Manzanares tenía el cuerpo exacto, la expresión genuina del torero. Y por eso no sólo hacía el toreo, sino que lo decía. Y siempre con un trazo embriagador, que convertía la embestida en caricia. Con un temple de sol y brisa, muy mediterráneo. Era de Alicante, pero siempre le vi como un torero romano contagiado por el son del sur, no sé, un deje andaluz, una gracia contenida, un desparpajo elegantemente reprimido, el compás que subyace, la música callada de una expresión luminosa.

Le vi una vez muy bien con una de Miura y con otra de Victorino Martín y varias con los guardiolas pedrajeños, pero cuando más me gustaba era con los torrestrellas de don Álvaro y con los núñez de los Gonzalez. Con Manzanares descubrí que no se torea al toro sino a la mirada del toro, que el torero intuye en los ojos del toro cómo será su embestida. Y que ese descubrimiento le da valor y regusto, y que el gran torero torea antes de empezar a torear. No, no me va a costar nada mantener viva la memoria de Manzanares. Era una excelsa figura del toreo.

Fotos Bruno Lasnier Dax Agosto 1990

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