PLAZA DE MÉXICO : EL INDULTO DE UN SOBRERO

Había sido una corrida tediosa, con un toro alto y peligroso, el primero, y cinco de poco trapío y ni una sola embestida completa. Es cierto que los dos espadas mexicanos habían cortado una oreja. La de Fermín Rivera fue más aceptable porque su temple, buena colocación y constancia hicieron embestir a un torillo sin raza, parado e indolente.

Pero sobró: una vuelta al ruedo muy ovacionada hubiera estado a tono con lo que representa esta plaza. La concedida al diestro local, José Mauricio, se pidió poco, la concedió el presidente y el diestro tuvo que devolverla. Sin comentarios.

Y como Padilla había estado bullidor, eléctrico y poco seguro, aquello resultába un latazo.

Cuando salió el sobrero -creo que “Sonajero” de nombre-, alegre, noble, con buena encornadura y poco trapío, la corrida seguía ofreciendo las mismas trazas: vertiginosas largas cambiadas de Padilla y contoneos y regodeos en banderillas de correcta y rápida ejecución. Pero, amigos, la gente estaba con el de Jeréz y el de Jeréz con la gente, de modo que la plaza se puso, primero al rojo con unos estatuarios que no decían, y después al rojo vivo cuando Juan José embarcó la larga, humillada, rítmica embestida del toro de Villa del Carmen en unos largos, retorcidos y templados circulares magníficamente ligados a grandes y muy buenos pases de pecho. Varias series de esta guisa, una por naturales a pies juntos y otra de molinetes, en eso consistió la faena. Y se pidió el indulto. Y se concedió. Y el jerezano tocó el cielo en La México.

¿Y el toro? Pues cumplió en la vara que tomó, fue alegre y noble en banderillas y en la muleta tuvo fijeza de bravo y un son excepcional. Sí, fue un buen indulto. ¿Por qué no?

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