DAVID MORA

Se le fue el año. El inesperado término de su temporada lo puso un toro de El Ventorrillo el 20 del pasado mayo en Madrid. Una tarde trágica que tempranamente vio suspenderse el festejo en el segundo toro por estar los tres matadores en la enfermería. Era la quinta vez que acontecía un suceso semejante en dicho ruedo, pero nunca tan rápido.

Sus compañeros de terna, Antonio Nazaré y Jiménez Fortes, también tuvieron que pasar por el “hule”, pero la cornada grande se la llevó David Mora después de que fuera cogido de forma espeluznante, volteado y corneado repetidamente como si fuera un pelele al recibir a su primer toro a portagayola.

No se había dado bien su entrada en la corrida inaugural de San Isidro –al día siguiente de cortar una oreja en Sevilla– con un deslucido lote de Valdefresno. Había que jugarse el todo por el todo en el siguiente y último paseíllo de la feria madrileña y así lo evidenció yéndose a la puerta de chiqueros; pero aguantó en demasía la arrancada del toro, sacó tarde los brazos y llegó el percance. Cosas que le ocurren a los toreros dispuestos. El infortunio y lo certero del toro hicieron el resto para que el doctor García Padrós firmara el parte facultativo de “muy grave”.

Ahí empezó el quinario. No fue un problema vascular, sino el nervio femoral izquierdo que seguía sin responder. Al infierno de la fisioterapia, siguió a primeros de agosto otra intervención quirúrgica a la que fue sometido por más de cinco horas para seguir posteriormente afrontando el dolor y el esfuerzo por recuperar lo que su voluntad quería y el cuerpo negaba.

Intensas sesiones de rehabilitación, ejercicios de bicicleta y natación, siguieron protagonizando su lucha contra el tiempo que se le iba de entre las manos junto con los contratos que no podían ser satisfechos. Es un ejercicio duro para la voluntad ver pasar las oportunidades que llevaban su nombre sin poder hacer nada por retenerlas, y sin claudicar en el empeño.

Se le fue el año, pero no la vida ni la afición ni las ganas de ser. Y ahí sigue, indomable, soñando con enfundarse de nuevo el vestido de luces; a lo mejor hasta un azul marino y oro como el del día de la cornada. La reaparición no tiene fecha, pero él sabe que ocurrirá. Por adelantarla en lo posible sigue luchando, sufriendo, soñando. Yo, desde aquí, quiero mandarle con estas líneas un mensaje de apoyo –a él y a su apoderado Antonio Tejero, además de a su gente–, en este último día de su año más tremendo.

Ánimo, torero. Los toros que habrán de corresponderte en tu reaparición llevan ya cuatro años pastando en la dehesa. No lo dudes. Y el 2015 habrá de verte hacer el paseíllo y dejar a un lado, con el curso de los acontecimientos, este episodio doloroso y trágico por el que todavía sigues teniendo que pasar.

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