DE AQUEL ANTIER A ESTE HOY

Repasando algunas efemérides invernizas, me encuentro con la gran faena que encumbrara al diestro de Morelia, Jesús –Chucho– Solórzano, en la plaza de El Toreo, de México, el 10 de enero de 1932. Fue aquella una gran corrida de toros celebrada dentro de la que sí tuvo todos los fastos para denominarse con justicia una “temporada grande”.

A plaza llena, hicieron el paseíllo, el orfebre tapatío Pepe Ortiz, que a menos de un mes había inmortalizado en la misma plaza al toro “Barro nuevo”, de San Mateo, al que cuajó de tal forma con el capote, que, al rematar un quite, el público, puesto en pie lleno de entusiasmo, comenzó a solicitar la oreja para el insigne torero. Solicitud que, al final de la gran faena y la certera estocada, se convirtió en las dos y el rabo que habría de pasear en apoteosis nada menos que cuatro veces por el ruedo capitalino. No obstante, en la tarde que narramos, Ortiz no tuvo su día.

El segundo espada de la terna, era el gitano Joaquín Rodríguez, Cagancho, quien en una temporada llena de desgraciadas actuaciones, sacaría en esta ocasión el duende de su alma para cortarle las orejas y el rabo al quinto de la suelta, que atendía por “Guerrita” y fue uno de los dos astados destacados de la corrida enviada por el señor Llaguno.

Este era el ambiente que se respiraba en la plaza cuando salió de los chiqueros “Granatillo”, sexto y a la postre el mejor del encierro, al que habría de inmortalizar Chucho Solórzano desde que se apretara a torear a la verónica con una cadencia que venía a refrendar su apodo de “rey del temple”. No obstante, y tras protagonizar un tercio de banderillas donde sólo destacó el tercer par, lo memorable vendría en la faena de muleta, en la que esculpiría el pase natural con tanta despaciosidad y de manera tan ligada, que, a partir de ese día en vez de “rey del temple” le llamaron “la estatua que torea”. Acabó la faena –con su flamante terno blanco y oro empapado en sangre–, toreando sobre una alfombra de sombreros y bajo los oles más roncos y profundos que gritaran las gargantas mexicanas. Y es muestra del excepcional calado de su labor artística que, pese a pinchar en lo duro cinco veces, le concedieron la oreja, lo pasearon a hombros por el ruedo y lo sacaron de esta guisa por la puerta de la Enfermería hasta la calle para seguir paladeando las mieles del entusiasmo.

Quien siga en este foro las apreciaciones de José Carlos Arévalo sobre la actual temporada en la plaza Monumental de México, o para los que vemos por televisión los festejos que han venido componiéndola hasta ahora, se nos hace obligado deplorar la gestión del empresario Rafael Herrerías por su forma de echar al público de los tendidos, con carteles mal rematados o pobres, premios desquiciados que sólo consiguen desacreditar la plaza, y corridas de toros con un porcentaje apreciable de reses impropias de la historia y la categoría del coso tanto por su escaso trapío como por su insufrible mansedumbre.

Qué pena por lo que está ocurriendo y qué envidia cuando uno se remonta a aquellos carteles ya lejanos donde el prestigio de la afición y de la plaza mexicana salía fortalecido de cada espectáculo. Ojalá pronto cambien los malos vientos y el 2015 nos devuelva la ilusión por seguir viendo corridas en un coso de tanta enjundia y solera.

JesúsSolórzano

Comments are closed