DE REAPARICIONES Y FUTURO

Entre los desperezos de la nueva temporada, salen a la palestra nombres veteranos que sienten de nuevo la llamada del toreo. Tras los pasos de El Soro y de un Vicente Barrera, torero por un día, anuncian para esta temporada su reaparición Rivera Ordóñez, quien, tras dos años de inactividad, ya tiene su nombre colocado para el 15 de marzo en Castellón; Jesulín de Ubrique, que regresa, después de su anodino intento de la temporada 2010, para torear algunas corridas allá por el verano; Dávila Miura, que, retirado en la temporada 2006, quiere volver a vestir el traje de luces una sola tarde en la Feria de Abril para torear la corrida del hierro familiar; Denis Loré, que pretende reaparecer el 20 de junio en Istres después de haber hecho su último paseíllo en Nimes hace siete temporadas, y Espartaco, reaparecido en Sudamérica con la idea de torear de forma esporádica y matar el gusanillo.

Todos tienen una justificación, además del pretexto socorrido de las conmemoraciones que algunos exhiben –Francisco Rivera, la de los veinte años de alternativa; Jesulín, las bodas de plata de su doctorado; Dávila, los setenta y cinco años ininterrumpidos del hierro miureño en la Feria de Sevilla– o del triunfo que supone ganarle la partida al toro de la invalidez y vencer tantas entradas al quirófano, como le ocurrió a El Soro. La justificación es la necesidad de llenar el vacío que deja en el torero –una vez que las pilas de la afición se vuelven a cargar– la ausencia del toro, de la tarde de clarín afilado, del riesgo y del amor hacia una profesión que fascina y seduce como ninguna otra.

Comprendo que quieran realizar sus legítimas ilusiones y no seré yo, por tanto, quien desaire sus deseos o haga burla de sus aspiraciones. Tienen mis respetos; respeto, no obstante, que debo hacer compatible con el que le tengo al toreo. Y aquí es donde irremediablemente he de adoptar una actitud crítica, sobre todo con los que vienen “con pretensiones de quedarse”.

Siendo objetivos, hay que reconocer que ninguna de estas reapariciones aporta nada al toreo. Ninguno de ellos dejó ese ambiente que pudiera traducirse ahora en ilusión por verlos de nuevo. Todos dieron ya lo mejor de sí y, salvo esos milagros que nunca se producen, poco van a significar, a no ser por los puestos que quiten a esos otros toreros jóvenes, con posibilidades y aspiraciones tan legítimas o más que las suyas, que tendrían que estar en las ferias buscando su sitio y brindando al aficionado la posibilidad de gustar esa savia nueva de la que el toreo se ha nutrido siempre y tan falto se encuentra.

El porvenir inmediato de la Fiesta no está en los diestros con la fecha de caducidad superada o en los comprensibles devaneos de los “reaparecidos”, sino en toreros nuevos, con el hambre en el alma y ganas de abrirse camino; toreros a los que hay que brindarles la oportunidad de mostrar su valía o su falta de ella, porque hasta para fracasar hay que dar opción a la gente.

Toreros como Román, David Galván, Javier Jiménez, Sebastián Ritter, Rafael Cerro, Tomás Campos, Pérez Mota, Víctor Barrio, López Simón, e incluso Javier Cortés o Caro Gil, entre otros, deberían encontrar más acomodo en carteles que pudieran verdaderamente servirles de trampolín a sus carreras brindando, de paso, a la Afición un cambio de aires tan saludable y esperanzador, como necesario.

El de luces fue siempre un traje de “guerra”, para “matar el gusanillo” queda ese otro de los festivales.

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