LA MÉXICO SE RECONCILIA CON ENRIQUE PONCE

En la larga historia de amor entre el público de la capital mexicana y Enrique Ponce hubo más alegrías que desavenencias, pero la última alejó al valenciano dos años del coso de Insurgentes. El domingo pasado volvió, triunfó y se reconcilió con justicia. Porque su faena al tercero de la tarde tuvo sentido, razón de toreo frente a un toro noble y áspero, acosador y falto de ritmo. Pocos problemas para un maestro avezado y sobrado. En efecto, si el toro carecía de ritmo por el pitón izquierdo, también le faltaba entrega por el derecho; por eso, tuvo enjundia que la faena de Enrique se impusiera precisamente con ritmo y entrega, logrando, además, fases de mucha intensidad. Las dos orejas que le concedieron fueron justas y su triunfo, apoteósico.

No lo consiguieron sus compañeros de cartel. Dos jóvenes, Juan Pablo Sánchez y Juan Pablo Llaguno, que confirmaba la alternativa. El hidrocálido Sánchez exhibió un temple sedoso y despacioso, y el queretano Llaguno, un corte natural muy asevillanado. Pero ambos amontonaron pases en faenas tan largas como nulamente construidas. A todos los precedió un rejoneador, Eduardo Gamero, acertado con un toro manso y agresivo de Rancho Seco que dio emoción a la lidia. Todo lo contrario que los toros de Teófilo Gómez, pues salvo el lote de Ponce, fueron tan inválidos y desrazados como nobles, una mala ecuación que destruye la emoción bravía de la corrida de toros, un mal demasiado extendido en la fiesta mexicana. Ya está bien de toros barbeadores, a los que no se puede picar y que no saben para qué tienen los cuernos.

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