CASTELLÓN, CUARENTA AÑOS ATRÁS

Cuando los clarines de Ajalvir anuncian –como por San Blas, la cigüeña– que la primavera de la temporada se aproxima, me asomo con ánimo comparativo a los carteles de La Magdalena de 1975. En vez de “Gestión Universal de Espectáculos”, la empresa del coso era entonces la de Nueva Plaza de Toros de Madrid S. A., y el puesto que como representante de la misma ocupa hoy el matador de toros Alberto Ramírez, lo ostentaba otro Alberto: Alonso Belmonte.

Con un festejo menos aquella –no hubo corrida de rejones–, la cartelería fue similar en forma y número: una novillada picada y tres corridas de toros, que se celebraron los días 2, 3, 8 y 9 de marzo, mientras que la de este año ocupará las fechas del 8,9, 13, 14 y 15 del mismo mes.

En el apartado ganadero, no coinciden en ambas ningún hierro, aunque todas las que se anunciaron entonces –salvo la de don José Luis y don Pablo Martín Berrocal– siguen en activo. No así las realmente lidiadas, pues, por una subida de precios que la empresa no quiso asumir, la corrida de los Herederos de don Carlos Núñez fue sustituida por otra de lo que había comprado al marqués de Albaida, don Clemente Tassara, vacada ya desaparecida.

Con los toreros ocurre lo mismo, lo cual no deja de ser lógico habiendo cuatro décadas de por medio. Sin embargo, sí se repiten dos nombres, aunque encarnados por generaciones diferentes: Francisco Rivera, Paquirri, y José María Manzanares. El puesto que entonces ocuparon los padres –ya desaparecidos–, lo llenan ahora los hijos. Los de ayer, compartieron cartel para estoquear en tono discreto una corrida muy chica de Baltasar Ibán, junto al Niño de la Capea, triunfador de la tarde y a la postre de la feria al cortar las cuatro orejas de su lote en un festejo donde sólo él tocó pelo.

En esta ocasión, sus descendientes no compartirán paseíllo, pues, mientras que Manzanares está anunciado con Padilla y Morante, para despachar un encierro de Núñez del Cuvillo, Francisco Rivera lo hará dos días después, lidiando reses de El Pilar, con Perera y Talavante.

La corrida que antaño abrió feria resultó un fiasco ganadero por la flojedad y poco juego de los toros de los hermanos Martín Berrocal, ante los que se estrellaron Paco Alcalde y el colombiano Jorge Herrera, que debutaba, mientras que Dámaso González paseó, entre protestas, la única oreja del festejo. Tampoco los regordíos y blandos toros de Tassara se lo pusieron fácil a la terna: Camino fue abroncado, Palomo vio cómo su lucha se disolvía en la nada y Ruiz Miguel, quiso mucho y pudo poco ante un lote igualmente malo.

Sobresalieron, en cambio, las reses de la novillada de don Diego Romero, que trajeron de Alcalá de los Gazules la alegría y la casta que les faltó al resto de bovinos. Tanto es así, que el premio al mejor toro del ciclo se lo llevó un novillo: “Lindero”, marcado con el número 61 y jugado en segundo lugar, con el que Sebastián Cortés –¡qué torero tan bueno!– pudo mostrar el arte que atesoraba. Saldría a hombros acompañando a un jovencísimo Luis Francisco Esplá, quien se proclamaría triunfador del festejo jugando las cartas de su oficio para llevarse un total de tres orejas. Abrió terna, el más tarde buen banderillero y ahora inteligente apoderado, Pepe Ibáñez, que se llevó las volteretas y los avisos. Tres muchachos que se miraban en el espejo de las ilusiones lo mismo que en esta ocasión –ante los utreros de Fuente Ymbro– harán Francisco José Espada, Vicente Soler y Varea, quien, de la mano de Santiago López, tiene encendida la esperanza de la afición castellonense. Esperemos que doña Fortuna sea magnánima tanto con ellos como con todos los que se ponen el vestido de torear en la feria, incluidos los goyescos de Ponce, Castella y El Fandi –que se las verán con astados de García Jiménez– y los caballeros rejoneadores. Lo que ocurra está ya a la vuelta de la esquina. Los cerrojos de la temporada comienzan a engrasarse.

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