JUAN MORA, LA CORRALA Y LUIS MIGUEL PARRADO

Invitado por La Corrala de Santiago para participar en las Jornadas Taurinas que en lugar tan emblemático organiza anualmente la Universidad de Granada, me encuentro a mi llegada el inesperado obsequio de un libro. Se titula “Juan Mora ¡Más que un torero!” y es obra del periodista y escritor salmantino Paco Cañamero, que une su gentil dedicatoria a la muy sentida que me hace el protagonista de la historia. Con ella, Juan o Juanjo –como también le llamábamos–  consigue trasladarme a un tiempo de esfuerzos e ilusiones, cuando ambos hacíamos del ejercicio físico y el toreo de salón, el entrenamiento diario de nuestro personal e intransferible sueño de alamares.

De aquellos tiempos de Piscina Sevilla, me salen al paso personajes que tornan a saludarme desde las páginas del libro: aquel inolvidable Mejías, al que tanto Juan como yo llevamos alguna vez de banderillero y que con tanta dedicación se ponía a la tarea de entrenar físicamente a los novilleros; el maestro Manolo Carmona, o Rafael Martín Vázquez, tantas veces compañeros o adversarios de frontón, y, sobre todo, la entrañable y apreciada figura de Paco Cienkilómetros, mozo de espadas de Emilio Muñoz y, posteriormente, de Juan Mora, de quien no paraba de hablarme, ensalzando su figura y apostando que, a buen seguro, sería un torero de categoría. No se equivocó. Aquella ingenua pasión con que expresaba su convicción de que en Juan Mora había un torero grande, se salió con la suya. Porque Juan Mora  consiguió convertirse en un torero de culto, en un diestro singularísimo por su acendrado clasicismo, un espada de rancia solera, cuya torería sigue resplandeciendo y deslumbrando en estos tiempos tan faltos de ella. Y además, educado en la escuela de su padre, Mirabeleño, y de todos aquellos taurinos a los que el negocio no conseguía apagarles la llama de su romanticismo, continúa siendo un torero y un hombre que se viste por los pies. El señorío tiene su lenguaje y Juan Mora no se sale de él por más que ello le cueste no ver su nombre en los carteles con más asiduidad. Sin embargo, el vino que destila su alma no puede tener mejor solera. No es su culpa, si en el empresariado se han ido perdiendo los buenos catadores.

Con él, abrió La Corrala la pasada semana el digno pórtico de la XIX edición de sus Jornadas Taurinas. Veinte años ya promocionando y poniendo el Toreo y la Cultura al alcance de los aficionados, bajo el prestigioso amparo de la Universidad granadina y gracias al enamorado esfuerzo organizativo de Carlos Orte y Ana Belén Álvarez, que pueden llevar a orgullo la seriedad, dedicación y cariño con que han conseguido cubrir estos veinte años convirtiendo La Corrala en un espacio de reflexión y debate para profundizar en ese caleidoscopio de matices que es la fiesta de los toros.

Si en esta ocasión, la puerta grande de sus actos se abría con la figura de Juan Mora, no menos nivel ni categoría tuvo la disertación sobre la “Genealogía de la bravura en el siglo XXI” con que nos deleitó el periodista de 6TOROS6 Luis Miguel Parrado. Tema tan prolijo, difícil, intrincado e incluso oscuro, se tornó claro, elemental, sencillo y diáfano, al ser expuesto con la solvencia, la afición, el conocimiento y la pasión de este andujano de adopción, que, hoy por hoy, encarna, a mi juicio, la mente más enciclopédica, erudita y sabia dedicada al estudio de la historia y evolución de la ganadería brava. Fue todo un lujo escucharlo.

Lejos de descalificaciones y dicterios, la Cultura y los Toros volvieron a darse la mano un año más en La Corrala de Santiago. Le pese a quien le pese, seguimos cabalgando.

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