VALDEMORILLO 2015

Concluyó la feria valdemorillana. Subió el frío, bajó el trapío de las reses y casi todo quedó igual en la grey de coleta. No obstante, me quedo con dos nombres como rutilantes promesas de futuro: el del matador de toros Víctor Barrio –triunfador absoluto del ciclo– y el del novillero Martín Escudero. Lo de Víctor ha sido un triunfo en toda regla, con el toro bueno –el sexto– y con el menos bueno.

Personalidad, quietud, seguridad, empaque, regusto y una cierta elegancia manoletina en su toreo de compás cerrado que no haría mal en convertirlo en base de su tauromaquia.   Promesa, pues, de futuro inmediato, que los empresarios que se precien deberían tener muy en cuenta para la confección de las primeras ferias. Cuando un torero está con el hambre de triunfo, la confianza en sí mismo y el buen concepto torero que ha demostrado el diestro segoviano, hay que “darle de comer”; porque también la Afición está falta de novedades de interés, como puede ser este muchacho. Además, la disposición, la entrega y el acierto, deben siempre tener su recompensa. Víctor se ha ganado el derecho a los contratos donde hay que ganárselos: en el ruedo, no en el “intercambio de cromos” tan al uso. Su paso por la feria de San Blas le ha hecho merecedor de figurar en Sevilla y en Madrid, y sería una injusticia que no apareciera en su cartelería.

En otro tono, más verde, menos rotundo, pero también interesante, estuvo Martín Escudero. Novillero que bebe en la fuente inequívoca de José Tomás, aunque mi memoria lo sitúe a mitad de camino entre La Estatua de Galapagar y Sergio Aguilar. Tiene de ambos la serenidad, la quietud, la sobriedad, el no hacer nada para la galería y el deseo de ejecutar las suertes con pureza. No obstante, lo vi en su frialdad más cercano a Aguilar que a José Tomás, cuyo hieratismo y envoltura de hielo siempre dejó traslucir un fuego interior abrasador capaz de emocionar al más insensible de los espectadores. Ese fuego no lo aprecié en Martín Escudero; aunque no digo que no lo tenga, sino que yo no lo vi. En cualquier caso, siempre es prematuro hacer juicios demasiado categóricos por lo apreciado en una única actuación. Lo cierto es que, aunque no pueda verlo en la plaza, seguiré con mucha atención el anunciado mano a mano entre el novillero galapaguino y Álvaro Lorenzo en el Palacio de Vistalegre el próximo 21 de febrero. Es un lugar y una fecha muy adecuados para que cualquiera de ellos pegue un sonoro aldabonazo –como ha hecho en Valdemorillo Víctor Barrio– y se ponga en franquía las puertas de la temporada. De este matador, como de los novilleros anunciados en Vistalegre, van a estar muy pendientes aficionados y taurinos. Esperemos que podamos escribir con tinta de laureles y trazo de entusiasmo lo que Valdemorillo nos mostró como una aurora. Poquito a poco, esto empieza a rodar.

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