EL SORO

Que un hombre –un torero–, después de someterse durante años a un interminable rosario de intervenciones quirúrgicas a fin de atajar su cojera, someterse a una férrea disciplina para perder decenas de kilos y recuperar en la medida de lo posible la forma física necesaria, consiga volver a vestir el traje de luces y enfrentarse a dos cuatreños de media tonelada, no deja de ser un heroico ejercicio de superación y una asombrosa muestra de hasta qué cotas es capaz de llegar la voluntad humana.

Todo un milagro, podríamos exclamar. Como lo fue volver a hacer el paseíllo en el festival de Balmaseda, en julio del pasado año –su reencuentro con el toreo–, o el retorno al vestido de luces en Játiva y en su pueblo natal. ¿Quedaba algo por hacer?… Sí, volver a anunciarse en la plaza de Valencia; en el mismo ruedo en que cimentó su carrera y alcanzó las cimas más altas de popularidad. Era una locura, una insensatez, un despropósito y una temeridad; sin embargo, ¿quién le negaba a Vicente la oportunidad de vivir y sentir esa utopía tantas veces soñada a lo largo de todo el calvario anterior?

Y se anunció en Valencia, y salió a la plaza con la ilusión y el pundonor intactos, y responsabilizado para no defraudar a sus partidarios, y tuvo la fortuna de que le saliera un toro que, ni fabricado ex profeso, podría haberle resultado más idóneo para su lucimiento. También esto fue otro milagro. Pero fue un milagro inmerso en una irrefutable realidad: que El Soro no está para vestirse de luces y menos para anunciarse en una feria de la categoría de las Fallas. La edad no perdona y el traje de luces, tampoco. Su imagen, abotargada, ridícula, tullida, tendía más a la caricatura y a lo bufo, que al porte y el garbo que se le deben exigir a un matador de toros. Toda su actuación –ardorosa, voluntariosa, comprometida– estuvo encuadrada entre lo patético y lo esperpéntico. Y no lo digo por el numerito de clavar en el ruedo la bandera valenciana u otros ridículos folklorismos, sino por ese toreo a trancas y barrancas donde su innegable voluntad y coraje eran incapaces de superar una imposibilidad física que le hacía parecer lo que podríamos llamar un torero “sonado”.

El toreo merece un máximo respeto y los toreros son los primeros que están obligados a tenérselo; por eso El Soro no debe volver a vestirse de luces. Y por eso me indignan las declaraciones de El Vito –uno de sus apoderados– manifestando que “El Soro no acaba aquí. Seguimos” o que “Las empresas van a querer sacar al Soro de la cama”. Siento verdadera repugnancia por este tipo de gentuza sin escrúpulos, capaces de echar a los leones a un hombre impedido para la profesión o de hacer del toreo una sórdida burla, con tal de llevarse una comisión. Chalanes de este tipo también están de más en la Fiesta y habría que echarlos a gorrazos.

Las empresas harán bien en cubrir con matadores jóvenes e ilusión de futuro aquellos puestos que El Soro –en esa locura que no le deja ver la cruda realidad– pretenda ocupar. La fiesta de los toros lo demanda y exige. Y lo agradecerá. No cabe duda.

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