HORIZONTE NOVILLERO

Mientras le llovía un auténtico pedrisco a la Empresa de Sevilla al hacerse público las combinaciones de la Feria y el precio de las localidades, al final de semana salía el sol por Olivenza con doble sesión de ilusionantes novilladas picadas, mientras que aquí, por el Sur, en Sanlúcar de Barrameda, se inauguraba temporada a la antigua usanza con una novillada sin picadores.

De estos u otros brotes nuevos habrá de alimentarse la Fiesta en el futuro. Ahora hay que regarlos –placeándolos para que no se mustien– y tener con ellos ese doble rasero de palo y zanahoria tan necesario a fin de que crezcan fuertes y robustos y no se duerman en los laureles. No se trata, como creen muchos, de llevarlos entre algodones, regalarles orejitas pueblerinas y derretirles el oído de tanto decirles lo buenos que son y lo mucho que valen. Tampoco se trata de echarlos a los leones, robarles orejas justamente ganadas –todavía me acuerdo de una a El Madrileño en Las Ventas para que, al recordarlo, se le caiga la cara de vergüenza al usía que se la negó– y negarles el pan y la sal exigiéndoles como si de figuras del toreo se tratase.

Ni tanto ni tan poco. El equilibrio aquí, como en tantas cosas, es primordial para que los muchachos no se crean lo que no son ni se descorazonen como si no sirvieran para nada. En cualquier caso, la cruda realidad es que el toreo configura un entorno duro e inclemente y es muy difícil sobrevivir en él. Imprescindible es que posean un mínimo de valor, cierta inteligencia para el toreo y, fundamentalmente, una afición a prueba de tropezones, zancadillas, volteretas, pitos y fracasos.

De lo bueno y de lo malo, es preciso aprender. Nadie mejor que el torero sabe cómo ha estado y lo que le satisfizo de veras y lo que se le quedó a medias o no fue capaz de hacer. Todo ello deberá pasarlo a su particular libro de cuentas para perfeccionar lo bueno y corregir las carencias y faltas. Es el único modo de seguir progresando alimentando las benditas ilusiones, y de ello deberán tomar nota Espada, Terrón, Varea, Posada, Aguado, Carballo y Ginés Marín; este último con la satisfacción de haber ratificado las muchas expectativas levantadas la pasada temporada, porque atesora indudables cualidades que debe seguir cuidando y afinando porque de él se espera cuaje en una auténtica figura del toreo. Pero eso está muy lejos todavía. Ahora, lo que cabe es seguir soñando y no conformarse nunca. Rozar la utopía debe ser la meta y en eso debe empeñarse con las buenas formas que posee, el aroma que lo nimba y el valor que le asiste.

Todavía más lejos les queda la gloria a los becerristas de Sanlúcar, más verdes e inexpertos y con más exámenes por delante para acceder siquiera al escalafón donde militan los anteriores. Me interesó la rejoneadora Lea Vicent, por su forma de clavar en lo alto y de imponerse a algún caballo negadito; también me gustó un novillero mexicano, Alejandro Fernández –demasiado alto para los erales–, que con el novillo más complicado de la tarde supo poderle y tirar de él, alargándole su corta embestida, en una actuación de menos a más. También me gustaron los pellizquitos de Emilio Silvera y unas verónicas con enjundia de Rafa Serna. De los dos restantes –Alfonso Cadaval y Álvaro López–, señalar que con voluntad sólo no se anda este camino tan duro y arriscado. A ellos les toca el ejercicio de reflexión, a solas con ellos mismos, sin dejar que nadie venga a equivocarlos. Ni siquiera este escrito.

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