IVÁN FANDIÑO: ANTES DEL CLARÍN

Cuando escribo estas líneas, faltan pocas horas para que Iván Fandiño protagonice en Las Ventas un incuestionable gesto de torero y afronte, tal vez, el mayor compromiso de su carrera. Sin embargo, cuando leas esto, lector, ya habrá pasado todo. En ese desajuste entre el mundo de posibilidades que ante mí baraja el futuro y la concreción real de lo inmutable que tiene para ti lo sucedido, palpita este texto que, huyendo de cualquier profecía, trata de situar en su justo término el reto autocontraído por el diestro de Orduña.

Una vez, escuché a Fandiño comprimir la definición de su carrera en tres términos: corazón, verdad y compromiso. La corrida de este 29 de marzo en Madrid viene a ser una síntesis de ello. Comenzando por el final, el compromiso es obvio. Encerrarse en solitario como “entremés” de la temporada, con astados de Partido de Resina, Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino Martín y Palha, a cuyo excelente trapío se suma la acrisolada fama de “duras” de sus divisas, huelga cualquier comentario. El “corazón” también va por delante, porque al torero vasco no se le escapa lo mucho que se juega esta tarde en Las Ventas. Ahora, cuando todavía los toros están en los chiqueros y todo puede pasar, es el momento de reconocer el valor y la importancia de esta “encerrona”, afrontada desde la “verdad” del torero para consigo mismo y su propia carrera.

 Hay un “dolor” tras esta decisión. Un “dolor” torero y personal que se le quedó tatuado en sus sentimientos después de sentir, por primera vez en su relación con Las Ventas, el desafecto del público madrileño; ese público que, hasta entonces, le había arropado siempre. Ocurrió en su último paseíllo venteño, en la pasada Feria de Otoño. Tarde de baile de corrales y pañuelos verdes, donde Fandiño tuvo que matar dos sobreros, que, sin embargo, dieron más opciones de las que el de Orduña supo aprovechar.

 Se marchó con esa espinita clavada en el alma. Tenía que reivindicarse ante su “dama”; ante esa afición que siempre tomó sus triunfos como propios. Tenía que regresar a la misma arena por todo lo alto, como un torero cabal y agradecido, dispuesto a reconquistar el afecto y el respeto de la que tanto le había dado, y no se le ocurrió otra cosa mejor que colgar su nombre en solitario en el cartel de esta tarde. De momento, ha conseguido su primer triunfo porque parece que el lleno está asegurado. Ahora lo que hace falta es que la diosa fortuna le eche un capote a su verdad y corazón y que este auténtico compromiso se lleve las palmas y olivas tan emblemáticas de un Domingo de Ramos.

Ojalá que la dimensión del reto marque las cotas del triunfo. Los precedentes no son buenos, pues de las cuatro últimas encerronas en Las Ventas –Luque, Abellán y Talavante en dos ocasiones– no se paseó ninguna oreja. Pero hago saber que tampoco lo eran los de las dos encerronas que precedieron a la de Gallito –El Papa Negro corneado y Rodolfo Gaona, pitado– y, sin embargo, un siglo después aún seguimos recordando aquella tarde apoteósica del menor de los Gallos con los siete toros de don Vicente Martínez. ¿Mira que si hoy ocurre lo mismo?

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