LA ENCERRONA DE FANDIÑO: FRACASO DEL TORISMO

El “toro-torista” tiene una agresividad defensiva; no como el toro bravo, que exhibe una agresividad ofensiva. Al público, y al aficionado poco advertido, suele gustarles el “toro-torista”, porque hace más difícil el toreo, pero parecen ignorar que la embestida se puede templar y torear, no la embestida sustituida por el hachazo o el derrote. Eso sí, tal tesitura provoca una emoción morbosa derivada de un peligro superior. Yo, en cambio prefiero la emoción que produce la bravura: la embestida ofensiva, larga, fija, al ataque.

Pero los toros de Partido de Resina, Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar y Palha no produjeron ninguna emoción, ni la morbosa ni la brava. (Del toro de Victorino Martín hablaré después). Y no la produjeron por dos razones. La primera, porque Iván Fandiño es muy buen torero y era más listo que ellos; y la segunda, porque si tenían genio (agresividad defensiva), tampoco tenían fuerza para expresarlo.

El de Partido de Resina, muy guapo aunque sin cuello y con la cara alta, era tan noble como inválido; el primero de Adolfo Martín, también noble y tan inválido como descastado, duró un suspiro; y el segundo, manso, se negó a embestir; el de Cebada Gago se manifestó como un morucho, un manso de media casta desde que salió; el de José Escolar, reservón de salida, no quiso embestir en cuanto vio la muleta; y el de Palha, feo, sin trapío, fue un cabrón y además se rajó al segundo muletazo. Dejo aparte el toro de Victorino, serio y bien hecho, bravo de verdad, el único que peleó con fuerza y codicia en varas. Tuvo la mala suerte de lesionarse en la mano derecha al salir del caballo. Yo creo que servía para la lidia, pero la gente prefirió no tolerar esa merma que disfrutar de su bravura. Ellos sabrán.

Conclusión a toro pasado: Fandiño se equivocó. Eligió para su gesta toros con presunto peligro y que no suelen embestir, los que aceptan los toreros que no pueden escoger otros toros de bravura superior, “toros-toristas” que, con razón, no quieren las figuras ni los demás espadas. Prefirió el toro que valora el público y la afición poco advertida, como la de Madrid, el toro que se defiende con genio cuando tiene fuerza. Y pagó su error con desespero y aburriendo al ingenuo, bienintencionado y equivocado cónclave.

Eso sí, la gente, mucha gente, un lleno absoluto, se divirtió cuando ponían a los toros de largo al caballo, pero sin advertir después que bajo el peto su pelea era muy mediocre. ¡Qué castigo para el aficionado símplemente normal!

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