CONCLUYÓ LA FERIA DE SEVILLA 2015

Con la mole miureña, cárdena y galgueña de “Inquisidor” dando en tierra, se concluía la Feria de Sevilla; ciclo que, en lo que a toreros se refiere –el análisis del toro corre a cargo de José Carlos Arévalo–, nos ha dejado cosas para ilusionarse, preocuparse y también motivos de reflexión. Por diversos motivos, triunfos rotundos no ha habido ninguno; aunque sí faenas estimables y, sobre todo, una manera de aquilatar en qué momento se encuentran algunos toreros interesantes.

Al que más firme he visto y más muestras de recuperación ha mostrado respecto a la pasada campaña, es Manuel Escribano. De otro modo, no hubiese podido aguantar lo que aguantó y consintió a su primer victorino; uno de esos toros que hacen pasar miedo de verdad al torero poniendo a prueba, con parones, miradas e incertidumbres, el temple de sus nervios. Todo lo superó el de Gerena para construir una estimable labor. La estocada que dio paso a la concesión de la oreja, por lo que a ejecución se refiere –la más letal  la recetó Dávila a su segundo miura, al que tiró rodado sin puntilla en 14 segundos–, fue, junto con la de Padilla al jandilla de la oreja, la mejor de la feria. Esa disposición que le hace mantener fresca la mente y el ánimo sereno, volvió a ponerla de manifiesto Escribano en el segundo miura de su lote, al que supo tocar las teclas de suavidad, distancia, mano baja y dominio que el toro exigía, para acabar consiguiendo otra meritoria faena premiada con su segundo trofeo del serial. Si hay un triunfador –al margen de novelerías y arrebatos de “pago” agradecido–, ese es él.

Hablando de disposición, aunque en esta ocasión no acompañara el lucimiento, hay que destacar también la que mostró el toricantano José Garrido, particularmente en el “pájaro” de Juan Pedro con que cerró actuación: un “prenda”, correoso, codicioso y reponedor, que atosigaba y buscaba rebañar al torero y ante el que el neófito puso toda la carne en el asador sin volverle jamás la cara a la pelea y evidenciando sin tapujos sus ganas de abrirse camino. Como tiene hambre, hay que “echarle de comer”. Si los taurinos no lo hacen, se equivocarán de nuevo en detrimento de la Fiesta.

La faena de más calado del ciclo se la hizo Ferrera al victorino premiado con la vuelta al ruedo. Antonio, que en su primera actuación, no pasó de recrearse en su técnica y dominio de la profesión contentándose con un ejercicio de facilidad; superó en esta ocasión la artesanía para sentir el soplo emocional que hace del toreo un arte. Unió su temple al de un toro que hacía el avión sin saber para qué tenía los pitones, y lo cuajó de forma magistral por el lado derecho, dejando la sensación de estar muy a gusto también por el otro. Lástima que el acero redujera a vuelta al ruedo a secas la que tenía que haber dado con las orejas de su colaborador en las manos.

Por la misma razón, perdieron la oreja  Castella, después de perfumar La Maestranza con el aroma de su toreo templario, y Pepe Moral, tras una labor de menos calado, en una tarde donde su disposición perdió enteros respecto a la mostrada en su primera comparecencia. Padilla, espectacularmente volteado por su primer jandilla, si “tocó pelo” en el otro toro de su lote tras una faena entregada y vibrante donde el “ciclón de Jerez” no dejó de soplar arrollador ni un solo instante. También paseó un trofeo Dávila Miura en su dignísima reaparición.

No me gustó, sin embargo, David Galván, al que su valiente reacción tras la voltereta sufrida en el segundo cuvillo de su lote, no da para tapar su espesura y carencia de sentimiento en su primer astado, aunque le perdonemos su falta de acople y el exceso de enganchones por el hándicap del viento. En su segundo –el de la voltereta– estuvo más entonado, pero temo que esta actuación suya va a pasarle factura. Sólo le queda ensimismarse, reflexionar y sacar consecuencias para lo sucesivo. También Fandiño debería recapacitar y mucho sobre su situación actual, pues, a mi modesto entender, atraviesa el bache más peligroso de su carrera. ¡Cuidado, torero!

De las demás monteras, o no me acuerdo o no quiero acordarme, pues tampoco se trata de hacer sangre ni de añadir estribillos idénticos a la eterna cantinela de algunos.

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