SEVILLA, LA NOVELERA

Sevilla es novelera. Siempre lo fue y siempre lo será. Novelera suma porque no existe ciudad más aficionada a imaginar historias y amoldarlas a su ombligo. Y cuando no las hay, se las inventa. Metidos en asuntos de novelería, a los sevillanos les da igual instalarse en la realidad o en la ficción. Toman de cada parte aquello que conviene al final feliz de su fabulación y el resto lo tiran al olvido para que no entorpezca el sueño construido.

El Domingo de Resurrección, el más alto espíritu novelero se dio cita en La Maestranza. Había que honrar a dos de sus más eminentes “salvadores”: el viejo maestro, llegado del retiro para lavar la cara de una feria insalvable, y aquel otro que, habiendo dicho “digo”, decía ahora “Diego” y nada menos que por cuatro veces para que no quedara duda alguna. No obstante, el gran protagonista de este folletín era Espartaco, comprometido por la empresa Pagés a elegir la fecha inaugural de la temporada hispalense para su reaparición y despedida definitiva, con la carga simbólica añadida de pasar el testigo de la continuidad –del futuro–, concediendo la alternativa a un torero paisano.

 El final de la historia que Sevilla traía inscrita en su corazón estaba ya decidido antes de que Juan Antonio hiciera el paseíllo: colofón triunfal, con emotivo corte simbólico de coleta, en este caso de las manos de su padre y su hijo, previo a la apoteósica salida por la Puerta del Príncipe a hombros de un grupo de “espontáneos”, todos con rango de matadores de toros, bien en activo, bien retirados, que estimaron oportuno prolongar la Semana Santa sevillana procesionando la imagen profana del diestro de Espartinas, desde La Maestranza hasta su alojamiento del hotel Colón.

 ¿Que tuvieron para ello que saltarse a la torera el Reglamento Taurino de Andalucía, que en el apartado c) de su artículo 59 precisa que en las plazas de primera categoría deberán cortarse dos orejas de un mismo toro para poder salir por la puerta grande o principal? ¿Y qué?... Ya existía el precedente de abrírsela a Manzanares padre, el día de su retirada, sin haber logrado trofeo alguno. Espartaco, al menos, obtuvo uno en cada toro. Y es cierto que, para ello, fue precisa la total desconexión, en ocasiones, entre lo que pasaba en el ruedo y lo que la gente jaleaba en los tendidos. Pero ya lo hemos señalado: la novelería toma la realidad cuando interesa y la ficción cuando conviene. La cosa es que el cuento desarrolle su argumento para instalarnos en el anhelado final feliz, aunque para ello haya que difuminar las fronteras entre lo sentimental y lo sensiblero; lo afectivo y lo hiperestésico; lo emotivo y lo ñoño.

Conste, que respeto al torero y a la historia humana, llena de incertidumbres, emociones, dudas, sentimientos encontrados, que siempre se oculta tras un acontecimiento como el protagonizado por Espartaco. Él se llevó su homenaje –merecido por su carrera, aunque no por lo que ocurrió esta tarde de su adiós en la arena– y Sevilla la novela que quería. Y ambos contentos. Y la empresa, que se vio respaldada –al menos ese día– con el justito “No hay billetes” que colgó en taquillas. Por mi parte, me apena constatar cómo se va perdiendo paulatinamente la verdadera afición a los toros y cómo algo tan serio como el toreo se torna fácilmente mascarada. Mi consuelo fue el apretadísimo quite por chicuelinas de Borja Jiménez al quinto de la tarde y el temple y el aguante en los dos parones que le pegó el que cerró plaza y al que cortó la oreja merecida del festejo. En él evidenció esas ganas y la predisposición que brillaron por su ausencia en el mulo boyancón de su alternativa.

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